Foto: Télam/Raúl Ferrari/cf.
Foto: Télam/Raúl Ferrari/cf.

Se acabó la función y las máscaras comienzan a caer. Se bajó el telón y terminó la puesta en escena. Las corporaciones vienen por todo en la región. Están envalentonadas por los triunfos en Argentina y Venezuela. La restauración conservadora pretende destruir lo logrado: derechos, soberanía, inclusión.

La derecha neoliberal logró triunfos muy importantes en la región. En la Argentina se dio el gran gusto: Mauricio Macri, un peregrino de la embajada yanqui, neoliberal, pro-mercado, cipayo, procesado por innumerables casos de corrupción y perteneciente a las corporaciones más angurrientas, ganó las elecciones y es el nuevo presidente. En Brasil se prepara un golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, que asumió su segundo mandato hace apenas un año. Y en Venezuela, la derecha, que ganó por amplio margen las elecciones parlamentarias, intentará destituir al presidente Nicolás Maduro, amnistiar a los golpistas y derogar las leyes con las que el chavismo incluyó a millones de personas y marcó un antes y un después en ese país.

Se intentará un retroceso en toda la región. Mercosur, Unasur y Celac están en la mira de los envalentonados neoliberales que quieren volver a entregarles el continente al imperio. “Basta de integración”, dicen, ensoberbecidos por los triunfos. “Basta de soberanía”. “Basta de dignidad”. “Que vuelva el estatuto colonial”.

“El Alca no es una mala palabra”, dijo la canciller de Macri, Susana Malcorra, recitando el credo neoliberal que acecha la región. Los tratados de libre comercio destruyeron centenares de miles de puestos de trabajo en toda América latina, e incluso en EEUU. Pero la palabra “Alca” no es mala, lo malo está en el libre comercio. La palabra “perro” no muerde.

Se viene una embestida brutal y los grandes medios al servicio de los poderes fácticos, que tanto tuvieron que ver con los triunfos de la derecha, seguirán siendo protagonistas fundamentales.

Seguirán ejerciendo las formas más brutales de la violencia simbólica: las mentiras, la manipulación y el miedo. Todos mecanismos perversos para confundir, aturdir y finalmente dominar a la ciudadanía.

Los procesos posneoliberales que se desarrollan en América latina acusaron el impacto. En Venezuela. En Argentina. En Brasil. Pero también en Ecuador y Bolivia, que también están en la mira. “Son los que siguen”, dicen los neoliberales que olieron sangre y quieren más.

Pero todos estos procesos poseen fuertes bases sociales, por eso por estos días se recuperan del golpe y se reordenan. Se repiensan. Hacen la autocrítica necesaria y se lanzan a una nueva etapa: la resistencia. El desafío es enorme.

La idea de la derecha, ya añeja, macerada por años de odio y resentimiento, es “terminar con el bolivarianismo en el continente” y “desterrar el populismo”. O sea: cumplir el sueño de las corporaciones y de EEUU, que quiere recuperar su patio trasero, de una buena vez, después de tantos años de “anormalidad”.

La derecha viene por todo. Su lógica es la de la venganza. Venían disfrazados, se pasaron años desplegando una retórica falaz, basada en un falso republicanismo celoso de las instituciones y la transparencia, especialmente en la Argentina. Pero ni ellos se lo creen. Muy por el contrario, mintieron todos estos años a sabiendas, fingieron. Todo fue una puesta en escena de la derecha.

El caso argentino es paradigmático en este sentido. Macri ganó las elecciones haciendo un uso sistemático de la mentira, el ocultamiento y el cinismo.

Se cayeron las caretas

Pero cuando la derecha gana, una vez en el poder, se acaba la función. La derecha va mostrando entonces, de a poco, su verdadero rostro. Y es el rostro torvo, odioso, de la venganza. Tanto en la Argentina como en Venezuela, las fuerzas neoliberales vienen por todo. Vienen para arrasar con todo lo que se consiguió en años de recuperación de derechos, inclusión y soberanía. Vienen para arrasar todo lo que consiguió la sociedad. No sólo lo que consiguió tal o cual partido o movimiento, sino la sociedad.

He aquí otra de las grandes mentiras de la derecha durante todos estos años. Atacaron una administración, un mandatario o mandataria, personalizaron, focalizaron, pero esa fue otra gran trampa, otra maniobra distractiva.

Su verdadero enemigo no fue un gobierno, sino la sociedad en su conjunto, los trabajadores, los jubilados, los pequeños y medianos industriales y comerciantes, el mercado interno, los docentes, entre otros actores sociales.

La derecha se dice enemiga del Estado. Miente. Se sirvió siempre del Estado para enriquecerse. Estatizó deuda privada para que el pueblo se haga cargo de sus desfalcos. El neoliberalismo no está en contra del Estado. Está en contra de lo público, que es un concepto mucho más amplio y bien distinto.

Cada vez queda más claro que el problema de la derecha no tenía que ver con lo que los gobiernos nacionales y populares hicieron mal, sino con lo que hicieron bien. Es obvio que no hay gobiernos perfectos, y que se cometieron muchos y graves errores. Pero la derecha los utilizó como excusas.

Su gran problema son los avances sociales, la inclusión, la soberanía política, económica, tecnológica y energética. Eso es lo que molestaba, no lo otro.
Respetar la voluntad popular no significa abandonar la crítica y el análisis. La diferencia entre la verdad y la mentira sigue intacta. Y respetar lo que votó la mayoría no significa permanecer de brazos cruzados cuando los cipayos intenten entregar el país a las corporaciones. No, nada de eso. No pasarán.

Fuente: El Eslabón.

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