Este medio se arrimó hasta Humberto Primo e Iguazú donde hoy se erige el Club Atlético Defensores Unidos –el CADU–, cuya camiseta vistieron jugadores como el Loncho Paulo Ferrari y el Negro Sebastián Domínguez.
En marzo de 1986, un grupo de vecinos del populoso barrio Ludueña, varios de los cuales tenían a sus hijos jugando en el club Inter, se enteraron que la vecinal Los amigos unidos, que muchos de ellos frecuentaban, tenía unos terrenos abandonados en Tucumán al 5600. “Lo primero que hicimos fue poner en condiciones el terreno, después hicimos las canchas, los vestuarios y cuando nos dimos cuenta habíamos fundado un club”, dice orgulloso José Luis Zanabria, presidente actual de la entidad ubicada en Humberto Primo al 1700, y rememora: “Cuando hubo que elegir el nombre, lo primero que se decidió fue que había que homenajear a la vecinal que había cedido las tierras, y cuando alguien tiró «Defensores Unidos», todos estuvimos de acuerdo y quedó para siempre”.
El primer titular de la Comisión Directiva fue Rodolfo Suárez, a quien “el club le debe muchísimo”, según se encarga de remarcar Zanabria, que ocupó en aquel entonces el puesto de vice. “Averiguamos cómo había que hacer para ingresar a las filas de la Asociación Rosarina de Fútbol (ARF), llenamos todos los papeles, y cuando faltaba un mes y medio para que arranque la Liga, nos dimos cuenta que teníamos la cancha, los arcos, las rayas pintadas, pero nos faltaba algo fundamental: no teníamos camiseta y ni siquiera habíamos elegido los colores”, recuerda entre risas José Luis, y agrega: “José Pérez, otro de los miembros fundadores que ya falleció, y que era gallego gallego, salta y me dice: «Si le ponemos los colores de la bandera española, yo dono los 7 juegos de camiseta que hacen falta». Instantáneamente decidimos que los colores iban a ser el rojo y el amarillo, y en 30 años nunca llegamos a pensar siquiera en cambiarlos”.
Buenos viejos tiempos
El CADU, tal como se lo conoce en el ambiente futbolístico de la ciudad, ingresó a las huestes de la ARF en el mismo año de su nacimiento. “Al principio participábamos del Baby y teníamos equipo de Primera, décima y pre décima, pero al poco tiempo pudimos agregar las demás categorías de inferiores y hoy las cubrimos todas. Incluso en el Baby tenemos dos líneas, por lo que –hoy por hoy– hay más de 400 chicos que juegan en el club”, remarca Zanabria, quien saca de la galera una anécdota imperdible: “Una vez nos robaron varios paños de alambre. Alguien nos dijo quién podía haber sido y, pese a que eran muchachos del barrio que eran considerados bravos, allá fuimos con Carlos Zárate, que además de ser integrante de la CD, vive acá”. En un principio los muchachos negaron haber sido ellos pero aflojaron al escuchar la oferta de los directivos del incipiente club. “Les propusimos que si devolvían el alambrado los dejabamos practicar en nuestra cancha, porque eran muchachos que se la pasaban jugando al fútbol en la calle, y que además los podíamos anotar en la Liga Comercial (torneo para equipos de jugadores libres) que por esos años organizaba la Rosarina. A los días aparecieron los rollos de alambre y los muchachos se dieron el gusto de jugar un par de temporadas haciendo de local en nuestra cancha”.
Al tiempo, surgió la posibilidad de trasladarse a un terreno más extenso que pertenecía a la escuela Simón de Iriondo. “Fuimos a hablar con las autoridades del colegio y nos dijeron que si poníamos en condiciones el lugar (“el yuyo más chico llegaba hasta acá”, dice entre risas mientras extiende su brazo lo más alto posible) y les permitíamos dar clases de Educación Física, nos lo cedían. Y acá estamos, desde 1991”.
Siempre es hoy
En la actualidad, el CADU milita en la segunda división de la ARF, pero eso no desvela a sus directivos. “Estamos acostumbrados y no nos asusta irnos a la B. No es ningún tabú para nosotros. Estuvimos en la A, en la B, en el Argentino B, y cada etapa tiene buenas y malas. Igual, con la llegada de Jorge García, algo que está definido en un 99 por ciento, estoy seguro que este año volvemos a Primera”. Jorge García es aquel defensor barbudo que brilló en Central, en la década del 80, y que hoy es considerado una gloria en el club de barrio Ludueña. “El Chiquilín –tal el apodo del ex lateral canaya– debutó como DT acá”, remarca Zanabria, “fanático y socio vitalicio” de la institución de Arroyito, según él mismo se encarga de señalar. “Jorge traía a los hijos a jugar acá y un día le dije porqué no agarraba alguna categoría para dirigir. Aunque en principio no quiso saber nada, lo terminé convenciendo y empezó por el Baby. Pero rápidamente nos dimos cuenta que estaba para mucho más y le ofrecimos la Primera. El tipo venía a las dos de la tarde y se veía todas las inferiores para armar el mejor equipo. Y ese año ascendimos. Después se fue a Renato Cesarini y dirigió en Ecuador y en El Salvador. Pero cada vez que volvía a Rosario se acercaba a dar una mano y, curiosamente, las tres veces que nos dirigió, terminamos ascendiendo”.
Uno de los momentos gloriosos que vivió el CADU fue cuando se dio el gusto de participar, en 2002, del Campeonato Argentino B. “En su momento parecía inalcanzable, pero lo pudimos lograr”, cuenta Zanabria, quien ya ocupaba la presidencia cuando decidieron lanzarse a esa aventura. “Fuimos con los jugadores que teníamos y sin la estructura de los otros clubes, pero hicimos una buena campaña. Jugábamos de local en cancha de Tiro Federal y el primer año anduvimos muy bien. Terminamos perdiendo la clasificación con Deportivo Las Parejas, que tenía varios jugadores de Central y Newell’s y que cuando vinieron a Rosario concentraron en un hotel y todo”, indica José, y añade: “Allá llevamos 3 colectivos llenos de hinchas y empatamos 0 a 0. Y en la revancha perdimos 3 a 2 sobre la hora y quedamos afuera. En el segundo año se notó mucho la diferencia con los otros clubes, en materia económica y de calidad de jugadores, y no nos fue tan bien”.
El club, mi vida

“Hace como 30 años que estoy, mis dos hijos jugaron acá, por lo que estoy muy apegado y es un sentimiento único”, dice Zanabria al ser consultado sobre lo que significa el CADU para él, y destaca: “Es mi segunda casa. Es parte de mi vida. Lo principal es que coseché muchos amigos, como Carlos que es como mi hermano, y también sentir que uno hace y sigue haciendo lo mejor para el club”.
Como toda institución barrial, Defensores se sostiene gracias a las cuotas que pagan los chicos. “Les cobramos a los del Baby y a los de las categorías menores de inferiores, pero el que no puede pagar no paga y no pasa nada porque sabemos la situación que atraviesan muchas familias”, aclara el presidente, y subraya: “Nosotros cumplimos una función social que por ahí deberían cumplir los políticos, que es sacar a los pibes de la calle y brindarles una oportunidad de llegar a ser alguien en el fútbol. Y lo que buscamos es, más allá de los resultados deportivos, formar jugadores y buenas personas. Fijate que todos los años hacemos una cena en la que premiamos a los chicos y todos se llevan una hermosa copa. Todos, hayan salido primeros o últimos, reciben el mismo trofeo”, concluye.
Un pedazo de club
Carlos Zárate, que según Zanabria, es “un pedazo del club”, se arrimó al CADU cuando todavía tenía su cancha en Tucumán al 5600 para llevar a su hijo, categoría 77, a correr detrás de una pelota de fútbol. “Me encariñé. Empecé a colaborar en lo que podía y cuando vino la mudanza y me ofrecieron venir a vivir acá, acepté y no me fui nunca más”, dice Zárate, quien se enorgullece de haber visto a pibes que después triunfaron en el fútbol profesional. “De acá salió el Loncho Ferrari, que jugó siete años acá hasta que un día lo llevamos con José Luis de la mano a probarse Central. Sebastián Domínguez, que ahora volvió a Newell’s y el otro día pasó a saludar, Mario Gori y Mauro Carabajal, que después se hizo famoso porque fue a jugar a Kosovo en pleno quilombo y contaba en las entrevistas por ahí estaban entrenando y tenían que salir corriendo al túnel para protegerse de las bombas que caían”, enumera este hombre que literalmente pasa sus días en el club, y, añade –con los ojitos brillosos– que también de esas canchitas surgió su hijo. “Milton se fue a probar varias veces a Central pero no quedaba, hasta que José Luis habló directamente con Pascuttini, con quien tenía muy buena onda, y le pidió que lo dejara hacer la pretemporada con el argumento de que después, si no quedaba, él se lo traía de vuelta y bien entrenado. Y no sólo lo convenció, sino que a los dos días el Coco lo llamó y le dijo que lo fichaba porque era un jugadorazo”.
Después de debutar con la camiseta canaya, el volante emigró a Juventud Unida de San Luis, pasó por Atlético Tucumán y Guaraní Antonio Franco de Mendoza, y ahora milita en Santa Marina de Tandil. A Carlos, su entrañable amigo José Luis, lo bautizó: «Jacques Cousteau», porque “al igual que aquel francés que realizaba documentales, se la pasa viajando”. Salta, Jujuy, Comodoro Rivadavia, donde le toque jugar a Milton, Carlos agarra el “dunita viejo” que tiene, y junto a su señora parten a alentar al pibe. Mientras charlamos, uno de los hijos de Milton, en cuero, corretea detrás de una pelota con un amiguito que porta orgulloso la camiseta con los colores del CADU, esos mismos que el Gallego Pérez le impregnó para siempre a este populoso club de Ludueña.
Defensogasores Unigasidos
Cuando el director Rodrigo Grande decidió filmar la película Rosarigasinos y tuvo que elegir un lugar para filmar las locaciones de tinte futbolísticas, no dudó un instante y se inclinó por el club en el que había jugado de pibito: el CADU. “Fue una locura, armaron una camionada bárbara en la puerta y entraron a bajar equipos y cables a lo loco”, recuerda Zárate. “Armaron una vía al costado de la cancha, una casilla, y estuvieron como una semana. Tenían hasta un camión que traía la comida y personal que la servía, una atención de primera que nunca habíamos visto”, se entusiasma, y tras remarcar que “todo el barrio estaba revolucionado y venían a ver qué pasaba o a sacarse fotos con los actores y las actrices”, concluye: “Aunque no lo creas les hicimos sacar una a Federico Luppi y Ulises Dumont con la camiseta de Defensores pero el que la sacó se fue un día y no apareció más. Esa foto, sin lugar a dudas, hoy sería un mural ahí donde están los trofeos”.
Fuente: El Eslabón.

Julieta
27/01/2016 en 6:59
“Nosotros cumplimos una función social que por ahí deberían cumplir los políticos, que es sacar a los pibes de la calle y brindarles una oportunidad de llegar a ser alguien en el fútbol. Y lo que buscamos es, más allá de los resultados deportivos, formar jugadores y buenas personas. Fijate que todos los años hacemos una cena en la que premiamos a los chicos y todos se llevan una hermosa copa. Todos, hayan salido primeros o últimos, reciben el mismo trofeo”
Bellísimo!!!!!!!!!!!