Foto: FB.
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El magnate Donald Trump, declarado xenófobo, sexista y brutal explotador, se afirma en la candidatura del Partido Republicano para las elecciones de noviembre en EEUU. Es un monstruo creado a partir del odio racial, los prejuicios y el elitismo presentes en la sociedad estadounidense. Y no sólo allí.

La lengua tiene un valor performativo. Decir es, en muchos casos, hacer. Y el decir de los medios hegemónicos al servicio de los poderes fácticos, ese repiqueteo perverso capaz de arrasar subjetividades y moldear pensamientos y sentimientos colectivos, no sólo es capaz de destruir. También construye. Y crea. A partir del odio, los prejuicios, y los resentimientos presentes en sectores de la población los medios alimentan mentiras y manipulaciones. Y así crean monstruos, seres capaces de llevar adelante las políticas más elitistas y brutales con el consentimiento de sus víctimas. Donald Trump es apenas la manifestación más desbocada de un fenómeno que se puede verificar en muchos países, sin excluir a la Argentina.

La novela de Mary Shelley Frankenstein o el moderno Prometeo, publicada en 1818, soporta interpretaciones múltiples, variopintas. Una de ellas tiene que ver con la creación de un monstruo, fruto de la audacia y la soberbia, que luego se independiza, se vuelve incontrolable y produce daños indecibles. Esto implica, asimismo, una denuncia contra la hipocresía: la misma sociedad que lo creó se horroriza luego de los nefastos resultados de su propia invención.

Por estos días, en la sociedad estadounidense la figura de Frankenstein se está utilizando como posible explicación de un hecho que causa temor y estupor: la posibilidad de que Trump logre ser nominado candidato a presidente por el Partido Republicano.

Algunos le dicen Trumpkenstein, otros Frankentrump. Pero la idea es la misma: Trump es resultado del odio que vienen pregonando hace años exponentes de la derecha más recalcitrante y los medios a su servicio.

Trump entró por la ventana al Partido Republicano y durante su campaña no se privó de criticar a la agrupación desde la que se candidatea. Para muchos republicanos resulta insoportable. Para algunos no es suficientemente conservador. Para otros es demasiado sincero y brutal. Parte de la elite de ese partido lo rechaza, por distintos motivos, como un cuerpo extraño.

Pero el mayor problema lo tienen otros sectores de la población: los trabajadores, los inmigrantes indocumentados, los afroestadounidenses, los musulmanes, entre muchos otros.

El millonario dijo que los mexicanos son “ladrones y violadores” y prometió levantar “un bonito muro” en la frontera. Propuso impedir el ingreso de los musulmanes. Cita a Mussolini con delectación. Su violencia no es sólo verbal, en los últimos días se produjeron varios ataques a periodistas por parte de su custodia durante actos de campaña. Sus frases sexistas son permanentes. Y todo esto lo dice y lo hace a los gritos, sin disimulos, con honestidad brutal. Su política exterior promete superar en violencia y cinismo las que históricamente viene implementando el imperio genocida. Siempre se puede empeorar, y extender el eje del mal. Se puede volver a poner a Irán en la mira, por ejemplo. Y Corea del Norte. Y hasta China.

En la nota de David Corn, titulada “How the Republican Elite Created Frankentrump” (“Cómo la elite republicana creó a Frankentrump”), publicada en estadounidense Mother Jones, el autor denuncia la hipocresía de los republicanos, y los hace responsables de crear el monstruo.

“Para convencer a sus votantes, el Partido Republicano explotó el odio, la rabia y la paranoia, y le preparó el escenario al magnate”, señala Corn, que describe en forma minuciosa cómo la derecha más fanática, por ejemplo el Tea Party, fue sembrando odio y prejuicios desde hace años. Trump no es más que la cosecha de esa paciente siembra.

Corn denuncia, entre otros exabruptos, los insultos de la derecha fanática contra Barack Obama: “amigo de terroristas”, “comunista”, “antiestadounidense”, entre muchos otros. Obama batió récords de deportaciones de indocumentados, y también de asesinatos con el uso de aviones no tripulados (muchos de las víctimas fueron niños). Para la derecha, sin embargo, no es suficientemente duro.

Para Corn, el monstruo “ha crecido grande y fuerte en el estiércol que se han extendido por todo el paisaje político”. Y estiércol es lo que sobra en una campaña electoral que incluyó menciones a los calzoncillos sucios y la transpiración, entre otras manifestaciones del espíritu republicano y la alta política.

“Ese sí que es un país serio. Allá las cosas funcionan, hay reglas, hay orden”, dicen los argentinos de mentes colonizadas mientras cargan enormes bártulos en Ezeiza, recién regresados de Miami. Creen que vuelven del Paraíso. No ven ni huelen la bosta que hiede, oronda y a sus anchas, dentro y fuera de sus cabezas.

Donald y Hillary encabezan las primarias

Trump compite dentro del Partido Republicano con dos precandidatos que todavía tienen posibilidades: Ted Cruz y Marco Rubio. Uno es ultra-hiper-recontra conservador. El otro también.

Cruz, vinculado al Tea Party, de origen cubano y senador por Texas, se manifestó contra los inmigrantes. Puritano y muy religioso, tiene el apoyo de los evangélicos. Afirmó que “el presidente debe empezar el día de rodillas”. Se manifestó contra la legalización del aborto. Siempre habla de los “valores judeocristianos” y de las “raíces conservadoras”.

Marco Rubio, senador por Florida, es otro hijo del Tea Party. Le dicen “El muchacho conservador de Miami”. De padre y madre cubanos muy humildes, también está en contra de la inmigración: “Es un tema de seguridad nacional”, dijo. Es además un halcón en política exterior. Defiende teoría de la excepcionalidad de los EEUU como país único en la historia universal.

Entre los demócratas, la mejor posicionada en las primarias en la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton. Es la candidata preferida de Wall Street. George Soros le donó 6 millones de dólares. En total embolsó unos 15 millones de dólares de la patria financiera neoyorquina. Se la ve muy sonriente en la foto que se sacó con el ex secretario de estado Henry Kissinger, quien hizo explícito su apoyo a la candidata. Kissinger es premio Nobel de la Paz, y también “el mayor genocida vivo”, según la definición de Noam Chomsky. Los documentos desclasificados en 2004 del Archivo de Seguridad Nacional de EEUU, confirmaron que Kissinger instó a los militares argentinos a terminar con la “guerra sucia” cuanto antes.

Con menos posibilidades dentro del partido demócrata, está el senador de Vermont, Bernie Sanders, quien se declaró “socialista”, aunque luego aclaró que es un “socialdemócrata”.

La prensa hegemónica lo muestra como un avatar de Stalin. “Henry Kissinger ha sido el secretario de Estado más destructivo en la historia de EEUU. No voy a pedir su consejo y estoy orgulloso de no ser su amigo”, dijo, para diferenciarse de Hillary.

Fuente: El Eslabón

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