
Todos los analistas políticos de Estados Unidos (EE.UU.) coinciden en un punto: fue la campaña electoral más bochornosa de la historia. La más pobre en propuestas. La de nivel político más bajo. La más repleta de chicanas y ataques personales. La más plagada de insultos. Pero el mayor problema son los candidatos. Hillary Clinton, por el partido Demócrata, y Donald Trump, por el Republicano, no sólo no convencen al electorado. Ni siquiera lograron convencer a sus propios partidos. No los quieren, ni los apoyan con convencimiento ni sinceridad, ni siquiera desde sus mismas estructuras partidarias, un hecho con pocos antecedentes.
La peor parte, como siempre, se la llevan los votantes, que deben elegir entre el menor de dos males. Así lo viven las ciudadanas y los ciudadanos de EEUU. Así lo manifiestan. Salvo raras excepciones, ambos candidatos les parecen mentirosos, deshonestos e incapaces. Pero para muchos Trump es, además, inadmisible, insoportable, y un peligro mundial en el cargo de presidente. Por eso votarían a Clinton, pero sólo por eso y con muchas dudas.
Las encuestas están parejas. Algunas dan una leve ventaja (de uno o dos puntos) a la candidata demócrata, y otras le asignan la misma ventaja al republicano. Lo cierto es que, teniendo en cuenta el margen de error, se puede hablar de un empate, y de una total incertidumbre con relación al resultado final de la votación del martes 8.
Trump bajó en las encuestas tras su participación en los debates y luego de conocerse grabaciones en las que se lo escuchaba jactándose de sus ataques sexuales contra mujeres, apenas un episodio más de una larga lista de escándalos por insultos racistas y discriminatorios.
A Clinton, por su parte, la golpearon en los últimos días la reapertura de las investigaciones del FBI en su contra por el uso de su correo electrónico privado durante su gestión como secretaria de Estado, en el primer mandato de Barack Obama, nuevas filtraciones de correos internos que comprometen a su equipo y afectaron su comando de campaña, y la novedad de una nueva investigación federal que afecta esta vez a la muy cuestionada fundación Clinton, que recauda millones de dólares que no puede justificar.
Un martes como cualquiera, en la que muy pocos irán a votar, como es costumbre en esa democracia elitista, en la que participan cada vez menos. El poder, en manos de las corporaciones, no se pone a consideración de los votantes.
