
Yo no sé, no. Se acuerda Pedro que de pronto apareció, aunque nadie le tenía fe, un petiso que, si bien era buen jugador, en realidad eran chispazos de buen fútbol los que tenía. De esos que –como dicen los relatores– pueden cambiar un partido. El petiso vivía a metros de los hornos de Acindar, pegadito a la vía, y los chispazos se veían desde la fábrica, como también se veían los chispazos de los asados los fines de semana; porque en el barrio, en aquel tiempo, los asados eran casi infaltables. O los chispazos de las viejas que en sus patios seguían haciendo sus braseritos. Y se acuerda Pedro que en un partido contra los de La Guardia, que parecía morir 0 a 0, aparecieron de pronto los chispazos del petiso en un par de jugadas. En una, hace el gol; y en otra, mete el pase en profundidad para que se gane 2 a 0. Eran tiempos en los que en el fútbol grande a algunos jugadores había que esperarlos también. A lo mejor me equivoco, dice Pedro, pero Zanabria era así. Y el Beto, en River, también. O Rojitas, en Boca. Jugadores que por ahí, cuando menos te lo esperabas, te daban vuelta un partido. Como el Aldo en Central, y el Negro Palma un poco más acá.
A poco de comenzar los 70, vaya uno a saber qué chispas se encendieron para que tanta gente se vuelque a la política, y para que los pibes encendieran ese fuego fabuloso que venía a darle calor a estas tierras. Como las chispas de los fogones que siempre se armaban en los encuentros juveniles. Pero de pronto se vino la gran noche de la dictadura y los chispazos en la noche significaban otra cosa. Y la violencia estatal se hacía sentir con chispazos aterradores.
Más cerca en el tiempo, se acuerda Pedro, en las pantallas se proyectaban las guerras en las que el imperio se cansaba de tirar chispazos como si fueran fuegos artificiales. A lo mejor no va a ocurrir, pero después de lo que votaron allá en el norte, después de lo que votamos nosotros y de las declaraciones jodidas que hacen algunos de esos que votamos, esos chispazos pueden encender un fuego que nos lleve a todos puestos.
Ojalá que desde abajo, de algún lado, crezca un fuego –hecho de viejas chispas– que encienda la unión de todos y que pare lo que este vendaval que, a nivel internacional y local, nos muestra.
A lo mejor aparecen algunos cumpas, u organizaciones, con la chispa suficiente como para encender los viejos fuegos y las viejas utopías. Un gran fuego que apague este otro gran fuego que quiere incendiar todo. Bueno, los bomberos dicen que para parar un gran incendio, hay que hacer pequeños fuegos y aislarlo. A lo mejor, a estos que proponen grandes muros o aislar a los pobres e indocumentados, con pequeños fuegos o chispazos de rebeldía los logramos aislar y la cosa no pasa a mayores. Ojalá que así sea.
