
El semáforo frenó al 126 en Moreno y Santa Fe, y durante unos minutos los pasajeros pudimos ver el inicio de la protesta de los carreros frente a la sede de Gobernación. Eran las diez, hacía mucho calor y la gente buscaba el amparo de la sombra de los plátanos. Los caballos también la pasaban mal. “Pobrecitos…”, se lamentó una señora mayor y se tomó su tiempo para completar la frase. El suspenso sembró la ilusión de que se refiriera a los laburantes, muchos de los cuales estaban acompañados de sus familias. “Pobres animalitos”, dijo y, de inmediato, recibió la aprobación de otra mujer y de otra. Con esa sensibilidad selectiva que las hace consideradas con perros y gatos y desaprensivas con los marginados, todas ellas expresaban su horror por la vida que llevaban esos caballos. Por cierto, en el diálogo, que se prolongó un buen rato e hizo mucho más tedioso el viaje, ni una palabra se oyó sobre la suerte que les ha tocado a estos trabajadores, empujados a los bordes de la ciudad y ninguneados por las políticas públicas.
Para ellos hay otra cosa: el estigma montado en representaciones despiadadas, construidas con moralina ambientalista y que los presentan como seres desalmados, que lo primero que hacen al levantarse es tomar un rebenque y darle unos buenos azotes a los caballos; y, luego, durante la jornada someterlos a todo tipo maltrato, como si al día siguiente –y durante buena parte de su vida– no debieran seguir transitando las calles juntos. Como si se tratara de caballos descartables, que ellos consumen con las horas y renuevan a la mañana siguiente.
Lo feo es que esas representaciones contrastan fuertemente con la épica construida en torno a los domadores de potros; y ni hablar de los jockeys y jugadores de polo, que sí descartan caballos cuando ya no les son útiles. Resulta curioso, porque esos equinos lustrosos y saludables cada tanto palman como consecuencia de las sustancias que les meten, ya no con la urgencia de procurarse el pan sino para lograr el éxito en una competencia. ¿Dirán “pobrecitos”?
Pienso en lo paradójico de Sarmiento y Mitre, co-fundadores de la Sociedad Protectora de Animales en 1879, no muchos años después de que el primero le enviara una carta al segundo diciéndole: “No trate de economizar sangre de gauchos”.
Por estos días, leo “Viaje al fin de la noche” del francés Louis Ferdinand Celine, escrita unos años antes de sus oprobiosos panfletos antisemitas. Con una prosa dura, sin concesiones, el hombre narra cómo ha sido compelido a ir a la Primera Guerra Mundial, describe sin vueltas el horror –y con ello su rechazo– en todas sus expresiones: cuerpos humanos destrozados, ciudades y bosques ardiendo, y también la suerte de los caballos.
Dando una trompada a cierta visión pasteurizada sobre la participación de esos animales en las guerras, Celine dice del suyo: “No le quedaba lomo, al pobre desgraciado, de tanto dolor que sentía; solo dos placas de carne le quedaban en el sitio, bajo la silla, de la anchura de mis manos, y supurantes, en carne viva, con grandes regueros de pus que le caían por los bordes de la manta hasta los jarretes. Y, sin embargo, había que trotar encima de él, uno, dos… Se retorcía al trotar” Y, poco más adelante, agrega: “Al montarle el lomo, le dolía tanto, que se curvaba, como por cortesía, y entonces el vientre le llegaba hasta las rodillas”.
Lógicamente, el autor era quien causaba esas heridas al montar; pero esto ocurría a su pesar. Entre las órdenes que obedecían él y sus camaradas, estaba la de seguir andando sin importarle las vidas que se desgarraban, menos la suerte equina.
No es muy forzado pensar que en similares o peores condiciones han estado los caballos del Ejército libertador, pese a que en las pinturas el corcel de San Martín no parece estar padeciendo las inclemencias del cruce de Los Andes.
Nadie osaría acusar al general de maltrato animal.
Es cierto, San Martín libró una guerra emancipadora.
Ahora, ¿de qué otro modo podemos pensar, si no como una batalla –contra el hambre, contra la exclusión, el desprecio, la incertidumbre por el día después– cada periplo carrero por la ciudad, y como una guerra desigual su propia vida? Una guerra que seguramente él no ha elegido, que lo tiene flaco y malherido, y que padece tanto como su caballo.
Fuente: El Eslabón
