Los cambios sin precedentes que se están dando en Bolivia tienen como contexto un país con muchas dicotomías y problemas irresueltos, que significan un desafío para el gobierno de Evo Morales y se abordan en un artículo elaborado desde la Funif que aquí reproducimos.

Al entrar o salir de La Paz, para el buen observador lo que más llamará la atención será la inmensidad de una ciudad completamente edificada sobre colinas de lo que es una extensión de la cordillera de los Andes. Una estructura urbana que a primera imagen recuerda a las favelas de Río, pero hacemos esta observación sólo esbozada como una mirada distante y a modo gráfico.

La Paz es la capital administrativa del país andino y cuenta con al menos dos millones de habitantes. A su vez, Bolivia posee una capital histórica, Sucre, una ciudad de construcciones coloniales, una de las más típicas que deslumbra a los ojos vírgenes de estos destinos.

La mención de sus dos capitales viene a colación ya que quizá podemos considerarlo como un ejemplo de la compleja realidad boliviana. De cara a la reciente reelección de Evo Morales, Bolivia continua siendo un complejo mapa político, social, cultural y económico con una enormidad de matices problemáticos.

Como mero observador, lector de los diarios, espectador de las noticias, oyente o interlocutor, podemos toparnos con una realidad dicotómica a lo largo y ancho de Bolivia. Pobreza y prosperidad, lenguas indígenas y castellano, unidad nacional y autonomía; Bolivia se debate internamente, a veces más, a veces menos silenciosamente, sobre qué país podría llegar a ser y cuáles son las condiciones dadas para alcanzar ciertas metas.

A algunas cuadras de la terminal de colectivos de la ciudad de La Paz se presenta imponente un edificio cuya cima exhibe un cartel que dice “Casa de la Democracia”. La fachada se encuentra abandonada y derruida y uno se ve inmediatamente tentado a meditar sobre esta irónica imagen que mucho da que pensar sobre el estado de la democracia latinoamericana y los desafíos que en particular la boliviana enfrenta hoy de cara a los momentos de continuos cambios políticos y sociales que se viven. Los logros obtenidos de un tiempo a esta parte son notorios, pero el legado de gobiernos anteriores y del propio pasado nacional son una carga por momentos difícil de llevar.

Les proponemos en el siguiente artículo de coyuntura hacer un rápido recorrido por algunas de las dicotomías más patentes de un país signado por un pasado cargado de riqueza cultural, un presente pleno de incertidumbre política y un futuro de agudos desafíos.

La media luna boliviana y las “dos Bolivias”

La “media luna” boliviana es el ejemplo más cabal de la dicotomía económica en la Bolivia actual. A simple vista uno podría pensar que el turismo, la producción cocalera, el trueque y las ferias tradicionales son algunas de las principales claves para una lectura económica del país. Sin embargo, y de modo paralelo a estas actividades, la región más económicamente dinámica del país es la antes mencionada “media luna”. Esta región al oriente del país se compone por los departamentos de Pando, Beni, Santa Cruz, Tarija y Chuquisaca (algunos analistas consideran a Chuquisaca fuera de la media luna debido a que posee una población mayoritariamente indígena, a diferencia de los otros departamentos).

La región concentra el 42% del PBI boliviano, incluyendo ricos yacimientos de hidrocarburos, sobre todo de gas, y grandes llanuras con una fuerte producción agrícola-ganadera. Santa Cruz es considerada la capital de facto de esta región que, desde la llegada de Evo Morales al poder en el año 2006, ha reclamado la autonomía; un pedido que tiene una fuerte identidad de carácter económico-financiero.

La producción económica, la distribución del producto regional geográficamente y la población que compone el mapa humano de estos departamentos son tres cuestiones fundamentales a la hora de considerar la distribución de la riqueza y la movilidad social en Bolivia.

De acuerdo al último informe de noviembre de 2009 de la CEPAL, Bolivia se ha convertido en el prototipo continental de la extrema desigualdad e inequidad a la hora de distribuir los ingresos y la riqueza, ya que según arroja el mismo, pequeños núcleos de la población del país concentran gran parte de los recursos económicos y financieros. Se afirma que “Los países con las tasas más altas de pobreza e indigencia, que superan el 50% y el 30% respectivamente, son Bolivia, Guatemala, Honduras, Nicaragua y el Paraguay”.

A su vez, hasta el 2005 la movilidad social fue un beneficio asegurado para ciertos estratos de la sociedad boliviana. Desde entonces puede apreciarse un avance positivo al respecto y muchos analistas y ciudadanos bolivianos adjudican la mejoría en las percepciones distributivas a la atención de las reivindicaciones de los movimientos sociales de campesinos y de residentes en zonas urbanas, donde el reconocimiento de los pueblos indígenas y las demandas de un mayor control estatal de recursos naturales como el gas y el petróleo han tenido un lugar central. La Constitución Nacional del ahora llamado Estado Plurinacional no es un dato menor al respecto ya que ha introducido progresos en materia de equidad e igualdad de derecho hace una década atrás desconocidos.

¿Viejos estigmas, nuevos símbolos?

Camino a la Plaza de Armas en Sucre, los murales de artistas callejeros o agrupaciones políticas rezan “Evo Cumple”. Sin dudas este mensaje no refleja ni el pensamiento ni el sentir de la totalidad del pueblo de Bolivia, pero sí de una gran mayoría que durante muchos años cargó en sus espaldas un silencio doloroso signado por la estigmatización, la pobreza y la indiferencia.

El legado de todos estos años ha dejado como saldo un sistema político y social endeble debido a la existencia de una cultura democrática pobre en cuanto a demandas sociales e involucramiento del Estado en el cumplimiento de las mismas. Si bien las medidas tomadas por el gobierno de Evo Morales han demostrado tener una fuerte sintonía con las necesidades de gran parte del electorado, aún queda por delante el no menor reto de fomentar una ciudadanía plena y consciente de sus derechos de manera universal en un país en el cual durante muchos años la justicia social fue un derecho parcializado.

Oscar Ozslak analiza de manera brillante la conformación del Estado argentino y a modo de instrumento analítico es interesante hacer una breve mención del planteo que realiza. Si tomamos su intento por desprenderse de la definición del Estado considerado como un “ente” político-jurídico que oficia como árbitro entre los intereses de los individuos o ciudadanos que componen la sociedad, podríamos pensar que en el caso boliviano, el Estado ha sido una instancia máxima de poder político para garantizar el predominio de una clase dominante.

Dicho esto, uno de los máximos desafíos del gobierno actual es no incurrir en los mismos errores del pasado en lo que podría constituirse una nueva ola segregacionista que profundice aun más las fracturas que atraviesan el corazón y las estructuras de la sociedad boliviana, conformando una especie de “tiranía de la mayoría”.

Siguiendo las definiciones planteadas por Oszlak, podemos suponer que la formación de todo Estado implica una serie de elementos a saber: el reconocimiento como unidad soberana por parte de otros Estados; el monopolio de los medios organizados de coerción; la capacidad de diversificar su control por medio de instituciones publicas; y, finalmente, la capacidad de internalizar una identidad colectiva, mediante la emisión de símbolos que refuercen sentimientos de pertenencia y solidaridad social.

Uno de los problemas más patentes en Bolivia actualmente es justamente su identidad colectiva nacional, la solidaridad social dividida según estratos o etnias y la diversidad de símbolos e identidades gravitantes en la realidad política y social del país.

Bolivia ha sido declarada constitucionalmente en los primeros días de febrero como un Estado Plurinacional, pero ahora además es un país con dos banderas, su histórica bandera española tricolor y la wiphala, ambas ahora flameantes en actos y edificios públicos, inmensas, imponentes, repletas de simbolismos y recuerdos también. Su carácter plurinacional además viene a reconocer, luego de siglos, la existencia de al menos tres idiomas oficiales de uso predominante: el quechua, el aymará y el castellano, cada uno con sus cargas culturales y en algunos casos hasta creyentes e ideológicas.

Como ya dijimos, la nueva Constitución reconoce a Bolivia como "un Estado Social de Derecho Plurinacional Comunitario", el cual obligará a sus empleados a aprender las lenguas originarias y, poco a poco, a la atención en las oficinas públicas a ser al menos bilingüe.

La polémica ya está instaurada, las opiniones claramente divididas entre los prácticas, creencias y símbolos de Oriente y Occidente. “Ahora parece que nuestro Presidente aymará quiere que todos seamos aymará y está en contra de los cristianos”, dice con cierta molestia una docente santacruceña camino a Copacabana. En la otra mano, una quechua que vive en el departamento de Potosí confiesa con emoción y esperanza: “Es la primera vez que un Presidente hace para el pueblo y lo que el pueblo pide”. Estas son las dos caras de una realidad boliviana que encuentra su dualidad en la fragmentación de las percepciones de sus propios ciudadanos acerca del presente y futuro político y social de Bolivia.

Mientras, con mucho trabajo por delante, los caminos de ripio bolivianos se van llenando de obreros mientras despunta el día; son esos obreros los que comienzan poco a poco a dar forma al nuevo plan de rutas nacionales bolivianas ‒que en su mayoría son de tierra o ripio‒ y en cierto modo son una analogía del trabajo que implicará cerrar las heridas y grietas que débilmente unen las disímiles partes que conforman a este pueblo.

El mosaico de realidades que constituye Bolivia tiene por delante el duro desafío de un cambio cultural dual ya que el país se encuentra casi geográficamente dividido por la mitad, por dos economías, dos pueblos, dos mundos que deberán encontrar un camino de unidad nacional que la medidas aceleradas o no sustentadas en el debate y el consenso podrían coartar.

También se enfrenta al desafío que el gobierno de Morales ha decidido encarar recientemente: cortar con patrones tradicionalistas de organización social y política en los cuales la igualdad de género no tiene cabida, así como tampoco la preservación de los sectores vulnerados de la sociedad y una cultura de reivindicaciones sociales con una participación activa y positiva del Estado en la consecución de las mismas.

* Integrante del Departamento de Análisis de Coyuntura de Funif Rosario.

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