La derrota de Obama en las elecciones legislativas deja al descubierto las limitaciones del progresismo, que con sus medidas a mitad de camino decepciona a la población y hace que el péndulo de las preferencias se vaya hacia la derecha. Algunos ciudadanos progresistas consideran que hay que seguir apoyando a un gobierno que encaró mal y con timidez un rumbo correcto, antes que sumarse a otras posiciones que proponen la restauración conservadora. El mensaje parece claro: sin confrontar a fondo no se cambia nada. Todo cambio implica enfrentarse con los representantes del statu quo.

El sueño terminó. El breve sueño de “Nosotros podemos”, de las grandes movilizaciones y del entusiasmo quedó hecho añicos por la realidad. Obama arrancó su gestión con casi un 70 por ciento de aprobación y hoy, tras dos años de desgaste, apenas alcanza el 40 por ciento. Lo que fue esperanza y entusiasmo, y una renovada fe en la política que modificó el panorama en los Estados Unidos, mutó hoy en escepticismo y desengaño.

Obama prometió, alentó esperanzas de cambio y luego hizo lo que pudo, o lo que le dejaron hacer, o lo que es permitido y posible hacer en el marco de la correlación de fuerzas existentes en los Estados Unidos. Los límites entre estas posibilidades planteadas son siempre difusos. Pero lo cierto es que no conformó a casi nadie, ni a Dios ni al Diablo.

Los ciudadanos progresistas afirman que lo que hizo fue poco con relación a lo que prometió, y que por eso lo castigaron a través de las urnas. Por su parte, los conservadores ven en él una suerte de comunista revolucionario que pretende imponer el marxismo en los Estados Unidos y crear los Estados Unidos Soviéticos de América. Y los conservadores más extremos, por ejemplo los del Tea Party, se hacen cruces, ya preparan el fuego (no para el asado sino para la hoguera de la Inquisición) y aprovechan el desánimo y la desmovilización para seducir con su programa racista, xenófobo, homofóbico, elitista y al servicio del statu quo y los poderes económicos más concentrados.

Por un lado, se destaca por estos días en los Estados Unidos la herencia recibida por Obama, la devastación neoliberal producida por los gobiernos de Bush y la crisis financiera. Pero al mismo tiempo, se critica la insuficiencia y tibieza de sus medidas para torcer el rumbo. “Cuando llegué a la Casa Blanca la economía estaba en caída libre”, se justificó el mandatario.

Ya desde días antes de las elecciones de medio término, las encuestas coincidieron en que el malestar de la gente que alcanzaba a casi el 40 por ciento de los votantes, quienes reconocieron su “enojo con el gobierno”. Y un 23 por ciento confesó estar actualmente “más desilusionados” que en otras épocas.

También están aquellos, especialmente latinos y afroestadounidenses, que continúan apoyando a Obama porque saben que la otra alternativa es mucho peor. Desde estos sectores se le critica a Obama la velocidad, el ritmo y la profundidad de las reformas encaradas, pero no se le cuestiona el rumbo general, el sentido de su gestión. Porque, según evalúan en el seno de estos sectores, la alternativa conservadora no implica un perfeccionamiento en la misma dirección de la gestión actual, sino un cambio total de rumbo para dar lugar a la restauración conservadora.

A veces la manera más realista de encarar las cosas es ir bien a fondo, con todo. Los procesos de cambio que se están desarrollando en varios países de América latina se diferencian cada vez más de las tendencias que se afirman en Europa y Estados Unidos, donde se viene el derechaje más esperpéntico. Obama tendrá que confrontar más con los poderes fácticos si quiere cumplir con sus promesas. Porque pese a lo que dicen ciertos representantes de la oposición al gobierno nacional en la Argentina, la confrontación es indispensable cuando se quiere cambiar algo, es inevitable cuando se quiere derrotar el statu quo. ¿Cómo gobernar sin confrontar? La respuesta es sencilla: dejando todo como está, claro. Y confrontar a medias, un poquito, parece que no sirve.
 

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