Dime a quién crispas y te diré para quién gobiernas. La oposición al gobierno nacional pretende hacernos creer que crispación y confrontación se inventaron en 2003. En realidad, son inevitables respuestas a todo cambio social. Cuando el cambio beneficia a los grandes capitales, se crispan los trabajadores, jubilados y estudiantes, como en 2001 en la Argentina. Cuando el cambio apunta a una más justa distribución de la renta, y afecta a poderes concentrados, se crispan los más ricos, como hoy en la Argentina y en los países de América latina que rechazaron el paradigma neoliberal.

El conflicto es inherente a la vida humana. Las sociedades se configuran, por definición, conjugando sectores que tienen intereses enfrentados, antagónicos. En materia política, si se intenta cambiar algo en una sociedad, es necesario tomar medidas concretas para producir ese cambio. Cuando esto sucede, algunos se enojan, y otros se alegran. Ambas partes suelen tener razón, porque al cambio perjudica a algunos y beneficia a otros. Cada uno tiene sus razones, aunque no todas son legítimas para el conjunto de la sociedad.

Para que un cambio no produzca crispación ni confrontación, tiene que beneficiar a todos, a un ciento por ciento de los habitantes de una sociedad. Y más allá de que, en teoría, en el plano de las hipótesis, pueda existir un cambio de esta naturaleza, no son muchos los casos históricos que responden a esta característica ideal, al menos en las sociedades capitalistas, en las que la injusticia y la violencia son inherentes al sistema.

La regla parece pasar por otro lado: toda cambio verdadero y profundo reconfigura la distribución de poder en una sociedad. Y hay ganadores y perdedores. Siempre. El cambio es condición de posibilidad del movimiento.

Otra posibilidad de “cambio” sin confrontación sería el denominado gatopardismo: el cambio aparente, el cambio que no es tal, porque nada modifica más allá de la apariencia. Pero como toda mentira, tiene patas cortas y apenas retrasa la crispación.

Pero si hablamos de cambios reales, y no meramente de la palabra “cambio”, siempre hay ganadores y perdedores, siempre hay crispados cuando un gobierno se anima a modificar la relación de fuerzas. No es cuestión de personalidades.

Los gobiernos neoliberales toman medidas contra los asalariados, los jubilados, los ancianos, en general contra los más desprotegidos, y son entonces estos actores sociales los que se crispan, como en diciembre 2001 en la Argentina, como los estallidos de Francia y Reino Unido en 2010. Allí hubo fuego, violencia y crispación sin la intervención de Néstor Kirchner y su turbulenta personalidad.

Es decir, la violencia del ajuste neoliberal se traslada siempre a las calles. El resultado de las recetas neoliberales es siempre el mismo, en todos los lugares del mundo y más allá de las diferencias locales: ira, violencia, enfrentamiento, represión y muertos en las calles incendiadas. El cambio de paradigma en la Argentina, el abandono del esquema neoliberal del Consenso de Washington, se produjo en 2003, luego de un tendal de muertos en 2001. El gobierno de Fernando de la Rúa cumplió a pie juntilla la receta neoliberal, que da a elegir a los trabajadores, jubilados y desocupados entre dos opciones: morir de hambre o de bala.

Cuando un gobierno encara medidas distribucionistas, medidas que afectan mínimamente el esquema de distribución de la renta vigente, se crispan los más ricos, se crispan los que se benefician con las injusticias inherentes al capitalismo, las grandes empresas multinacionales, los grandes centros de poder concentrado, los poderes fácticos. O sea: si no se crispan los ricos, se crispan los pobres. Pero no es lo mismo.

La crispación de los pobres es esencialmente justa, necesaria, y además, de las acciones colectivas que se construyen como respuesta a las injusticias sociales depende el avance de las sociedades, de la civilización, en definitiva. En cambio, la crispación de los ricos es injusta, frena el cambio social, es retardataria, es una rémora que detiene el avance de la civilización y la cultura humanas. La crispación del establishment apunta al mantenimiento del statu quo, es decir, de la injusticia imperante. Asustarse ante la crispación implica un apoyo a la injusticia social imperante.

El coeficiente de Gini, que se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos en una sociedad, es una herramienta importante para calcular el grado de justicia de las respectivas crispaciones. Este índice es un número entre 0 y 1, en donde 0 corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno).

La actual crispación de los poderes fácticos de la Argentina es tan injusta y ruin que roza la patología social. Los economistas aseguran que los más ricos están ganando dinero como nunca antes. ¿Y entonces? Acaso tanto odio tenga que ver con una cuestión ideológica más que con una amenaza real en términos económicos. La irrupción de Néstor Kirchner en 2003 y el proceso que comenzó por entonces los interpela en forma profunda, los desnuda, los desmiente. Y les produce inseguridad, ira, resentimiento.

Todo el andamiaje ideológico, toda la estructura mental y la visión del mundo de los poderosos se pusieron en entredicho desde 2003 en la Argentina, y eso no se perdona. Les produce mucha crispación además, que en la Argentina les vaya un poquito mejor a los sectores más postergados. Esto molesta mucho a quienes se creen dueños de la Argentina. No se conforman con ganar enormes fortunas, no se conforman con tasas de ganancias únicas en el mundo, no se conforman con niveles de evasión fabulosos. Además pretenden, esperan, exigen ver cada vez más hundidos a los pobres. Sólo así se sienten completos, victoriosos, poderosos. No se conforman con degustar excéntricas exquisiteces en restaurantes exclusivos. Además desean ver, a través de los bellos ventanales de sus espacios VIP, alta gama, cómo un niño revuelve la basura en busca de comida.
 

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