Las políticas de inclusión social son el demonio para el establishment.
Las políticas de inclusión social son el demonio para el establishment.

Los satanizados Hugo Chávez y Cristina Fernández ofrecieron claras definiciones políticas que explican el porqué de tanta inquina: integración continental, crecimiento con inclusión y la denuncia de la barbarie europea.

No son mensajes subliminares. No es necesario escuchar el reverso del último álbum de Sergio Denis, ni tampoco realizar raros rituales con sapos y culebras. Los mensajes satánicos están allí, claros, transparentes, y en boca de dos presidentes de América latina, el continente que se erige por estos días como un nuevo paradigma en medio de la crisis de las naciones centrales, que se debaten entre recortes, crisis, represión a los ciudadanos que protestan y bombardeos “pacificadores” y sedientos de petróleo.

Cuando Hugo Chávez y Cristina Fernández ofrecen definiciones políticas sobre la realidad del continente y del mundo resulta fácil entender por qué la prensa hegemónica al servicio de los intereses económicos más concentrados los demoniza. Los mandatarios dicen “lo indecible”, expresan lo que está más allá del discurso hegemónico legitimado por los poderes fácticos.

La integración continental por encima de las diferencias entre los países, una posición digna e independiente ante los imperios y las ex potencias coloniales europeas, la creación de un Banco del Sur para terminar con “la dictadura del dólar” y para reconfigurar el sistema financiero internacional, todo un menú satánico que crispa a los sectores más retardatarios, melancólicos del neoliberalismo y el coloniaje.

Es más: la manera más certera de caracterizar la propuesta de la denominada “oposición” al gobierno nacional es realizar un trabajo de decodificación a partir de aquello que demonizan, rechazan, tergiversan. Al no haber propuesta confesable de parte de estos sectores, porque lo que quieren para el país es indecible, es necesario reconstruirla a partir de sus fobias.

Chávez y Cristina fueron más allá de los límites de lo aceptado por el establishment. En principio, por el simple hecho de hablar de política en serio, es decir en términos políticos e ideológicos, no empresariales, y siempre denunciando los intereses ocultos tras la hipocresía discursiva.

Cristina relee, resignifica y subvierte la dicotomía de Sarmiento: la civilización está en América latina; la barbarie en Europa. Y la presidenta no hace más que describir lo evidente, lo que todas las cifras y los organismos internacionales certifican. Europa está en crisis, sacudida por ajustes neoliberales que son resistidos por la población, que sale a la calle a protestar y recibe como respuesta la represión. La vieja Europa bombardea países en nombre de la paz y la civilización occidental, e intenta ocultar que su economía depende del dinero manchado con sangre de los dictadores de África y Medio Oriente que son sus socios y que ahora, recién ahora, denuncian. Por eso se demoniza a los que, como Chávez y Cristina, corren los velos, derriban caretas y denuncian la hipocresía: la verdad es Satanás para estos intereses concentrados.

Cuando Chávez insiste con el Banco del Sur apunta al corazón del sistema financiero mundial. Apunta al sistema bancario que produjo la crisis planetaria que dejó a millones de personas sin trabajo, incluso en los países del Primer Mundo. Al sistema que sostuvo, y explica, la existencia de los regímenes dictatoriales de África y Medio Oriente.

El mandatario venezolano consideró “un robo” que Estados Unidos y países europeos hayan congelado las reservas internacionales de Libia, que estimó en unos 200 mil millones de dólares, para un país de apenas 6 millones de habitantes, y dijo que se había asombrado en noviembre último, cuando el propio presidente libio Muammar Khadafi le dijo que estaban depositadas en bancos norteamericanos y europeos.

"Venezuela tiene 30 mil millones de dólares en reservas y somos 30 millones de habitantes. La Argentina es un país mucho más grande que el nuestro, pero no llega a 80 mil millones, por ahí anda", comparó Chávez para resaltar la magnitud de las tenencias libias embargadas. "La pregunta que yo le hacía a Khadafi es la que me hago yo mismo, y si se la hace Cristina la respuesta será la misma: ¿Dónde están las reservas internacionales de nuestros pueblos? ¿Dónde están colocadas? En los bancos del Norte, porque ésa es la arquitectura, la dictadura económica mundial. Siempre he dicho «Dios, hagamos un banco sudamericano». Hemos firmado pero no se ha podido activar todavía", señaló Chávez en referencia al Banco del Sur.

Es obvio que la política como forma de cambiar la realidad, de subvertir viejos paradigmas y reparar injusticias está de regreso en el continente, y es eso lo imperdonable, lo que hace crecer cola y tridente a todo mandatario que se anime a plantear un desarrollo independiente. Y lo que causa más inquina es que estos osados mandatarios tienen con qué: el desquicio, económico, político, social, está en Europa y en los Estados Unidos. La estabilidad y la previsibilidad, en cambio, se hallan ahora en el denominado “Tercer Mundo”.

“Si se mira en términos de «civilización y barbarie», los presuntos bárbaros de América del Sur pudimos resolver civilizadamente y en el marco del derecho internacional, situaciones de gran conflictividad, con una inmensa voluntad de paz. Cuando una mira el mundo, los presuntamente civilizados resuelven las cuestiones a los bombazos. Me siento muy orgullosa de ser americana del sur y formar parte de la Unasur, y de hacer honor a esa tradición de paz y concordia que tenemos aquí”, señaló Cristina reformulando un planteo estructurante de nuestra historia.

“Vade retro”, responden los melancólicos de los años neoliberales y las relaciones carnales con el Imperio, los que reptan hacia hasta la Embajada para solicitar sanciones contra su propio país.

Y a la hora de decir lo indecible, lo que molesta, lo que desnuda mentiras, Cristina no tuvo mejor idea que ofrecer números, esos números que hacen añicos las mentirijillas. Y no eligió cualquier índice, sino uno clave: el coeficiente Gini, el que mide el grado de desigualdad en el reparto de la riqueza de un país y que, aplicado a la Argentina, certifica en forma irrefutable que el modelo iniciado en 2003 tiende a un más justo reparto de la renta. “El índice pasó de 0,476 cuando asumió Néstor Kirchner en 2003 a 0,394, la marca más baja desde 1982”, lo que representa “un esfuerzo muy grande de Argentina y del modelo”, señaló la mandataria.

Las políticas que permitieron bajar de esta manera los niveles de desigualdad son el verdadero Demonio para los intereses concentrados, pero nunca lo van a decir, aunque cada día sea más evidente.

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