
Sus palabras sonaron previsibles, gastadas, banales. Pero Mario Vargas Llosa nos dejó un claro mensaje sobre qué lugar eligió ocupar como intelectual en la sociedad, y más específicamente en América latina.
Vargas Llosa encarna, con fanatismo extremo, la opción por los ricos: sale en defensa de los más fuertes y poderosos, los justifica y avala, los unge con su prestigio, les da letra, y contribuye a la más cínica y perversa tergiversación del concepto de “libertad” . Cebado por la sopa boba de la denominada "oposición", entregó un discurso sólo sabroso al paladar de los segmentos más resentidos y atolondrados de la clase media.
Entre los antiguos pueblos musulmanes del norte de África existió siempre la figura del “escritor público”. Quienes ejercían esta tarea prestaban su talento a los habitantes del pueblo para ayudarlos a expresar mejor sus sentimientos, a contar de una manera más conmovedora sus propias historias.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu clasificó a los intelectuales de acuerdo a su cercanía con el poder político, económico y cultural, analizó sus posiciones y actitudes teniendo en cuenta acercamientos, complicidades y solidaridades con distintos sectores de la sociedad. Las elecciones posibles son muchas, los matices infinitos, pero al mismo tiempo, en un mundo tan claramente dividido entre ricos y pobres, los caminos a elegir no son tantos y los modelos de intelectual y escritor muchas veces se recortan claros, nítidos.
El caso Vargas Llosa es paradigmático en este sentido. Encarna la opción por los ricos. Tal vez por eso, durante su discurso en la apertura de la Feria del Libro optó por las palabras vacías, las generalidades y el habitual manoseo del concepto de “libertad”, que suena ofensivo en boca de quien apoya las formas más brutales de explotación. Y cuando hizo un repaso de los autoritarismos, olvidó mencionar los estragos del capitalismo, que condena a millones de personas a morir de hambre, enfermedades medievales o bombardeos de la OTAN. En todo el mundo estallan protestas contra ese sistema, que los manifestantes denuncian como violento, excluyente, injusto y profundamente antidemocrático.
Acaso pueda pensarse a Vargas Llosa como el modelo de “escritor privado”, en contraposición al “escritor público” de las tribus ancestrales del norte de África, el continente asolado por los intereses que el visitante ilustre defiende con mucho ardor y pocos matices.
Vargas Llosa ofrece su imagen, su personaje, su fama y sus palabras a los más ricos y poderosos. Defiende a quienes siempre tienen defensa. Se solidariza con los más fuertes y prepotentes. Milita por los poderes fácticos más concentrados, el poder económico corporativo transnacional, los grandes empresarios y los tecnócratas al servicio de genocidas y dictadores. Y como su causa es indefendible, incluso en términos retóricos, banaliza su discurso, abandona el espíritu crítico exigible a todo intelectual para obedecer y cumplir la difícil tarea que le encargaron sus patrones. El resultado es una pieza oratoria chirle y banal.
Las palabras vacías de un intelectual de la talla de Vargas Llosa se explican, quizás, porque no es nada fácil defender hoy el neoliberalismo, que produce profundas crisis en todo el planeta. Y más difícil todavía es defender esa ideología en la Argentina, donde desde 2003 se produjo un cambio de paradigma que desnudó las falacias y las miserias de un ideario que produce estragos en todo el planeta. Pero Vargas Llosa habló de "crisis permanente" en la Argentina ante un público ávido de escuchar falsedades que confirmen sus prejuicios y engorden sus resentimientos.
Las crisis sociales y políticas que asolaron y todavía conmueven, porque siguen irresueltas, Estados Unidos, Europa y países árabes de África y Asia, tienen que ver con las miserias del sistema capitalista de hoy. Ni resucitando al propio Cicerón sería posible, valiéndose de alguna pirueta retórica, achacarle la crisis de Wall Street a Hugo Chávez, por ejemplo. Pero viene Vargas Llosa y habla en términos abstractos y muy transitados, desnuda su impune ignorancia sobre la Argentina mientras caen bombas en Libia y aumenta la radiación en Japón, todo por culpa de los populismos de América latina. Tampoco habló como un narrador en el sentido más restringido, salvo por algunas anécdotas menores. No comentó técnicas de la novela moderna, ni se refirió al punto de vista, ni al fluir de conciencia a lo Joyce, ni tampoco a la ironía en Flaubert, que de eso sabe mucho. Habló de "la libertad", “los libros”, y de la sociedad en términos gastados y superficiales. En un gesto de conquistador, nos trajo espejitos de colores.
"Los libros representan la libertad humana y, en pequeño formato, los amores y odios de la humanidad. Ningún espejo retrato mejor a los hombres y mujeres que conforman y a sus distintas costumbres como un libro. Esa variedad aparece gracias a los libros, cuando nos sumergimos en ellos y descubrimos los semejanzas por debajo de la frondosa variedad", señaló el escritor peruano "La humanidad es una sola y compartida", consideró el narrador peruano, devenido extraterrestre o Heidi.
"Es por eso que los libros presentaron el recelo de los que se creen dueños de las verdades absolutas, de los dogmáticos y fanáticos", aseguró sin inmutarse el hombre prohijado, entre otras asociaciones conservadoras, por la Fundación Libertad de Rosario, reducto de neoliberales, tecnócratas al servicio de dictadores y representantes de formas de autoritarismo que Vargas Llosa olvidó mencionar, pese a que son esas, justamente, las formas de autoritarismo que más crisis, protestas y tragedias producen hoy mismo en todo el planeta.
“El caso de Argentina lo tengo siempre presente porque me conmueve y me desgarra. Argentina era un país de primer mundo, enormemente próspero y una democracia en el inicio del siglo 20. Llegó a tener un sistema educativo que casi llega a acabar con el analfabetismo. Qué pasó para que este país que había dado esos pasos, que debía tener el mismo nivel de vida que Suecia, qué ocurrió. Por qué Argentina está en estado de crisis permanente, por qué hay esa crispación política”, se preguntó el escritor. “Yo voy a seguir criticando todo lo que me parezca mal aunque a algunos los ofenda”, dijo, y despertó aplausos en la sala. “Yo lo hago en nombre del liberalismo. Yo combato a todas las dictaduras. Las dictaduras de derecha y de izquierda, me importa un comino”, dijo.
Vargas Llosa habló, pero no dijo nada, al menos con sus palabras, que ya venían aplaudidas, sobadas hasta el cansancio, mucho antes de que fueran pronunciadas. Es de suponer que si el escritor hubiese emitido sonidos inarticulados, incluso pedorretas, nada cambiaría en este sentido: el flamear de los hilos de baba de los conservadores ya estaba allí.
En su nota titulada “La resurrección de las ideologías”, publicada este jueves en Página 12, el politólogo Atilio Borón señala que el escritor peruano es una suerte de mascarón de proa de la reacción neoliberal contra los procesos de cambio que se están desarrollando en América latina, un cínico turiferario al servicio de la reconquista de América por parte de la derecha imperial.
El verdadero mensaje que nos dejó Vargas Llosa resulta más legible recorriendo el pútrido espinel de las fundaciones y agrupaciones que lo respaldan: la Sociedad Mount Pelerin, el Instituto Cato, la Fundación Heritage y el Fondo Nacional para la Democracia, con estrechas vinculaciones con los servicios de inteligencia de EE.UU.
El narrador peruano hizo una clara elección. La banalidad de sus palabras y la elocuencia de sus recorridos cortesanos junto a los más toscos representantes de una derecha fracasada y sin discurso hacen patente, una vez más, la necesidad de profundizar esos nuevos paradigmas que tienen tan nerviosos a los explotadores y sus empleados.
