El neoliberalismo y su cháchara hambrean, sojuzgan, no convencen y generan protestas. Cada vez menos argumentos y más fuerza bruta. En Latinoamérica, donde se demostró que otro mundo es posible, y mejor, sin neoliberalismo, los medios hegemónicos mienten, amenazan y aprietan para defender lo indefendible.
En Europa, África y Medio Oriente se profundizan cada vez más las protestas contra el neoliberalismo, sistema encarnado por estos días por los grandes bancos y los organismos internacionales de crédito, que actúan como entidades supranacionales, imperios que no respetan leyes ni regulaciones.
Y más allá de las profundas diferencias, locales y contextuales, de cada situación y cada proceso en particular, se está entablando una misma disputa clara, nítida, contra las fuerzas desbocadas del mercado, más crueles que los ejércitos de Jerjes I o Atila.
¿Quién le hace frente a esta caballería inmaterial? Algunos procesos que se desarrollan en América latina, por ejemplo, que construyen un nuevo paradigma, post neoliberal, basado en la idea de crecimiento con inclusión social. Un paradigma que además demostró ser más exitoso y más sostenible en términos macroeconómicos.
El cambio, la alternativa, lo nuevo, está de este lado del mundo, en América latina. Del otro lado del Atlántico, la realidad es bien otra. El gastado sistema de partidos de la vieja Europa cruje y se retuerce bajo la bota cruel de los organismos internacionales, que en forma desembozada despliegan una retórica mafiosa, de aprietes que pasan por encima la soberanía y la libre autodeterminación de los pueblos del mundo.
Los gobiernos de Europa ya no logran ocultar que, lejos de responder al mandato popular, actúan como gerentes de negocios de los grandes capitales financieros concentrados. El poder político ha servido para legitimar y otorgar una pátina de legalidad democrática a los ajustes. Los llaman “crisis” pero deberían denominarse “estafas”, “desfalcos” o “hechos de corrupción”. En el centro de esta cuestión está el sistema mismo, la democracia como cáscara formal sin contenido alguno.
Los gobiernos de España y Grecia, por ejemplo, repiten el viejo esquema propio de la política pendular que viene caracterizando a Europa: los presuntos “socialistas” actúan como neoliberales. Y entonces el electorado, decepcionado, se vuelca a la derecha, y queda encerrado entre culposos socialistas neoliberales falsarios, por un lado, y cínicos neoliberales derechistas sin culpas, por el otro. La espada y la pared.
Tanto unos como otros aplican las mismas políticas, y por eso son cada vez más los indignados, los que cuestionan el actual sistema de representación, porque no los representa.
El capitalismo financiero viene muestra su más torvo rostro y produce estragos en todo el planeta.
En Europa, las más crueles fuerzas del mercado se despliegan con singular impiedad. De un lado del Atlántico, los ciudadanos salen a las calles exigiendo que alguien, el Estado por ejemplo, los proteja de los feroces embates del mercado, Moloch insaciable que exige ajustes, baja de salarios y jubilaciones, suba de impuestos, degradación de los servicios públicos, entre otras calamidades.
En América latina, los procesos ya en marcha en Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Venezuela significan una búsqueda diferente, la construcción de alternativas a un paradigma que dominó el subcontinente durante los 90 e hizo estragos que todavía se padecen.
Y son justamente esos procesos lo que reciben andanadas de injurias, mentiras e insultos por parte de los defensores de los poderes fácticos. Los ataques que reciben son proporcionales a la fuerza revulsiva que demuestran, porque han desnudado, denunciado, dejado de lado y superado un paradigma que sólo profundiza la desigualdad y que ya no convence a nadie. Por eso los ajustes son salvatajes, los desfalcos son crisis y hasta existen bombardeos humanitarios.
