Borges y una manifestación de hombros, rodillas y coronillas por la Via Dolorosa. El guardián del Santo Sepulcro prestidigita un velo negro y un turbión de sombras vuela hacia un señor en bermudas varado frente a Cristo semidesnudo en la cruz. En el mundo del Aleph las escenas se suceden a la velocidad de Internet, aunque es otra la conexión, santa banda ancha.
Deir e-Sultán, Coptic Patriarchate, Suq el Qatarin, El-Khanga, Omariya School, primera estación. Oh Jesus, in deepest night and agony you spoke these words of trust. Har Ja-Bayit, Shuk Ha Tsaba´m, Muristan, New Swedish, Ha-Kimor, Hotel Gloria, Sister of Zion. Quienes buscan la otredad encuentran aquí una otredad otra, encabritada y fatal, otro planeta-galaxia-universo parido por un sinnúmero de planetas que se arremolinan en cada baldosa, en cada rincón, en cada capa geológica de mundos creados y destruidos.
El aleph de Borges, mundito que contiene tantos mundos y produce mareos, vahídos, excesos de signos y relatos superpuestos. Aleph, primera letra del alfabeto hebreo que aquí se deja ver junto al árabe y el inglés en este espacio radiante, pétreo, beige y abigarrado bajo el seco sol, un texto lleno de textos y letreros, un hipertexto a la velocidad de la más alta tecnología.
Ciudad de las religiones del libro, ciudad de libros infinitos que se interpretan hasta la exasperación y la locura, ciudad de discurso amor y paz y Dios pero con armas, Guns and Moses, bombas y el Dios dinero, el Indiscutido, el que Todo lo Puede y Nunca Duerme. Hollywood Misticus. Rápida conexión, furiosos hipertextos, pero antes de Internet, varios miles de años antes. Aquí cunde un Mistic Wi Fi, una conexión directa con el Creador.
Quienes se jactan de tener la mente abierta pueden encontrar aquí su límite, o acaso el desgarro cerebral, la fisura neuronal. El cerebro se inflama y tiende a reventar. Las laberínticas callejuelas de la Ciudad Vieja, allí donde comenzó el relato más potente de nuestra civilización, son esquivas al relato, se escabullen, huyen y se ríen del orden del discurso. Che Guevara palestino en negocios, afiches, remeras, y consignas. Ben 10 y San Pablo. Messi y Arafat. Olor a especias y jovencitos con ojotas, shorts y remeritas de moda llevando un fusil M-16 como el que llevan los soldados, los policías, los que realizan controles y cortan el paso en determinados puntos de la ciudad. Los laberintos de la Old City cerrada, techada, amurallada, oscura, olorosa, se ponen desiertos, devastados por las noches.
El guía se desgañita en inglés frente a una de las estaciones del vía crucis, perdida entre la estrechez de callejuelas y rincones siempre atiborrados de personas, objetos y signos. Ecce Homo, Flaglation, Yeshivat Shuvu Banim, Custodia di Terra Sancta, Batman, Chuwanima Gate, Jaffa Gate, Zion Gate, Dung Gate. “En la época de Jesús no estaba el camino empedrado. Todo era roca viva. Imaginen que cargan una cruz, que están heridos, que caen, y que los soldados romanos los golpean”, grita guía. “No bloqueen el paso, dejen pasar ¿Se siente bien señora? Siéntese aquí en la sombra”, agrega mientras indica el camino hacia la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se venera el lugar donde según la tradición crucificaron a Cristo y, a pocos metros, el sitio donde fue depositado su cuerpo y desde donde resucitó.
Las puertas son bajas, como para obligar una reverencia a los que quieren entrar. El espacio estrecho. Estación VI, una mujer enjuga la cara de Jesús y, anticipándose más de un milenio al imprentero de Maguncia, el sagrado rostro queda grabado. Vera Nika, verdadera cara, en griego, Verónica. Una señora claustrofóbica suplicó que la dejaran entrar sola al Santo Sepulcro, que la esperen los turistas con agua mineral que hacen cola. Al salir de la tumba de Cristo no se agachó lo suficiente y se golpeó la cabeza. El sacerdote ortodoxo no pudo ayudarla porque estaba espantando a una jovencita, con shorts y hombros descubiertos, como quien arrea una fea alimaña hasta las mismísimas puertas del Hades. Flashes, agua mineral y fuerte olor a incienso. Noam Chomsky se agazapa en el Hortus Getsemaní, con su gorra “Jerusalén”, pero visto de cerca bajo la sombra de los olivos que vieron a Cristo nos revela que no es el lingüista sino un guía turístico informal, independiente, como muchos de los que se ganan la vida con los turistas.
En la puerta de Jaffa venden souvenires. En la del León hay siempre policías. La de Damasco se abre hacia la Plaza Romana como un gran mercado. Los hombros y rodillas llegan ya a la octava estación: “No somos vaginas, ni escrotos, ni sucios anos foscos”, gritan indignados. “Queremos ver la luz”, pero aparece un hombre de negro, hay muchos por aquí, men in black, y le echa un chorro de su negrura para taparlos, esconderlos, velarlos. “¿Dónde es la maldita fiesta de disfraces?”, le espeta una insolente coronilla al sacerdote.
Pasa un tractor arrastrando un acoplado lleno de basura, la callejuela es estrecha éramos muchos, curas, turistas, mercaderes, y pintó el tractor. Un jovencito de Austria intenta interpretar un mapa para seguir el camino de Cristo. Nadie lo ayuda, sólo quieren venderle y él transpira y mendiga, con cuarenta grados santos, una lengua de sombra contra las paredes eternas, pero las sombras se alejan de puntillas, “sin dólares minga”, le dicen. Alguien llama a los clientes en árabe e inglés. Cola para comprar té. Un niño llora encaprichado porque quiere un juguete que señala con extrañas contorsiones. “¿Dónde es el baile de disfraces?”, grita un escroto. Estación VII. Filipinos cargan una cruz, mientras un guía murmura en inglés. Un comerciante árabe prepara su escaparate: tubo fluorescente, lámparas bajo consumo en medio de un fuerte aroma cloacal. Detrás de un cura con banderita un grupo de peregrinos porta cruz y canta:
“Alma mía, recobra tu calma, que el señor es bueno contigo, alma mía, recobra tu calma, que el señor escuchó tu voz”. Pasa un joven con una garrafa. Un comerciante duerme pese a tan cantabile alma mía, ronca y babea copioso enmarcado por sus productitos y un cartel en alemán que se lee incompleto tras su cabeza: gluck, siegen. Los hispanos cantores pasan frente a Al Halaba Pharmacy. “No le importa la raza, ni el color de la piel”, entonan los hispanopenitentes. Winnie Poh ejecuta un solo de tambor, alma mía, mamma mia.
