Pase lo que pase, el palestino siempre es el sospechoso.
Pase lo que pase, el palestino siempre es el sospechoso.

“Nos vuelven locos. Vivir en Jerusalén es muy difícil, las cosas más sencillas te las vuelven difíciles, te las complican en forma ridícula, todos te miran con sospecha”, afirmó Faisal, palestino que nació, vive y trabaja en Israel y tiene documento israelí, aunque no la ciudadanía. El documento le permite pasar el muro y estar aquí, en el corazón de Palestina. A su alrededor, como un estallido de sonidos, colores y aromas, bulle Ramalá, la ciudad más importante de Cisjordania. Es un sitio muy activo y vital. A primera vista, comparable con cualquier otra ciudad del mundo árabe. Pero sólo a primera vista.

Dos jóvenes ayudan a un señor muy anciano y problema de movilidad para llegar a una mesa en un viejo bar del centro de Ramalá, donde los hombres beben el denso café árabe, fuman pipas de agua con sabores frutales y conversan a los gritos. El mozo se mueve entre las mesas con frenesí, mientras entona los pedidos. A los oídos de un occidental, cada intervención del mozo es una suerte de canto, incomprensible y difuso, venido de las entrañas de un mundo lejano e inasequible, completamente incomprensible.

A través de la ventana del bar se puede ver una rara mezcla de negocios modernos, “occidentales”, de primeras y caras marcas, con un milenario mercado árabe: un amasijo de productos en las calles, voceados por los mercaderes.

El tránsito es desordenado. Los bocinazos, una permanente música de fondo que se mezclan con los temas musicales de moda, todos en la lengua de Mahoma. La mayoría de los vehículos son de marcas europeas y japonesas, muchos de ellos muy costosos. Los policías que dirigen el tránsito mueven los brazos a gran velocidad.

La imagen de Messi y las banderas del Barcelona Fútbol Club son presencias permanentes. Bajo el sol riguroso de Cisjordania, compiten con las fotos del venerado Yasir Arafat y las insignias con dos fusiles cruzados, la de Al Fatah.

Cisjordania, que cuenta con poco menos de seis mil metros cuadrados, es conocida como “West bank” en la lengua de Shakespeare, única tabla de salvación por estos pagos para quienes ignoran el árabe y el hebreo.

Ramalá o Ramallah (que en árabe significa “altura de Alá”) cuenta con 26 mil habitantes, unos 60 mil, contando los suburbios. Como el resto de Cisjordania, estuvo bajo ocupación jordana desde la guerra árabe-israelí de 1948 hasta la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando fue ocupada por las tropas israelíes, como el resto del territorio al oeste del río Jordán. En 1994, la ciudad fue entregada por Israel a la Autoridad Nacional Palestina dentro de los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993.

“Trabajo para una empresa de turismo israelí. La mayoría de mis compañeros son israelíes. Muchos de ellos son muy buenas personas, con los que tengo muy buena relación. Pero todo es difícil para los palestinos. Si algo sale mal, todos te miran a vos, sos el principal sospechoso, siempre. Me contrataron porque me necesitan, para hacer de guía en las excursiones a Belén, y a Jericó, que están en territorios palestinos”, contó Faisal, que tiene 31 años y tres hijos.

Tan lejos y tan cerca de Jerusalén, a sólo unos 15 kilómetros, se despliegan aquí historias de discriminación, violencia, incomprensión y apartheid, historias agazapadas detrás de los alegres cantos de los mercaderes, los bocinazos y los modernos negocios repletos de clientes. Ramalá es un oasis en medio de otras localidades de Cisjordania, que ofrecen una imagen de devastación, mugre y abandono. La otra excepción puede ser Hebrón. El resto es tierra arrasada. “Al menos aquí no bombardean como en la franja de Gaza”, aclara el joven palestino.

Faisal cuenta que se compró un departamento, todavía en construcción, aquí en Cisjordania, cerca de Ramalá. “Estoy cansado de vivir en Jerusalén, allí todos te tratan mal. ¿Viste las caras de esa gente? ¿Viste la tensión, el odio? Sí, están llenos de odio. Es imposible para un palestino subir a un colectivo israelí, todos te miran. No pienso viajar más en la empresa Egged”, señaló el joven palestino con relación a la principal compañía de transporte del estado de Israel, que presta servicios urbanos e interurbanos.

“En Jerusalén todo es más caro, el dinero no te rinde. Yo vengo con mi familia a comprar las cosas aquí en Ramalá, y pronto nos mudaremos al departamento”, señala Faisal, un palestino que cuenta con la posibilidad de moverse con libertad a ambos lados del muro divisorio. “No todos pueden hacer lo mismo”, aclara.

“Mirá que bonita chica”, señaló Faisal a ver pasar a una vistosa mujer de ojos negros, profundos. No todas las mujeres visten ropas tradicionales aquí. Algunas sólo llevan cubierta la cabeza, pero lucen vaqueros ajustados. Otras se parecen mucho a cualquier chica de Occidente. “Por ejemplo, si yo me enamorara de una mujer de aquí, de Ramalá, no podría llevarla a vivir conmigo del otro lado del muro. Si lo intento el estado de Israel me confisca mis bienes y hasta puede meterme preso”, agrega Faisal. “Toda esta gente que ves caminando, comprando, trabajando con normalidad, en realidad, son prisioneros. Ellos sólo podrían salir de aquí vía Jordania, pero no pueden pisar Israel. Y los israelíes no pueden venir acá, claro”, señala el joven mientras compra una esponja natural en un negocio. La paga en shékels, la moneda del estado de Israel, que es la que se utiliza aquí.

“Es muy difícil ser feliz así, ni ellos ni nosotros”, consideró Faisal, antes de atender el celular. “Me llaman de la empresa, tengo un viaje a Jericó, uf, con este calor”, dijo antes de saludar en árabe y desaparecer entre la bulliciosa multitud que serpea en el centro de este mundo incomprensible que tiene la altura de Dios.

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