
El 11-S se inscribe como uno de los tantos hechos que históricamente funcionaron como excusas justificatorias de las más brutales escaladas de la barbarie imperial. Pero es en otro plano donde el atentado cobra un estatus único, de marca profunda, capaz de trazar un antes y un después: su visibilidad, su alcance global, y toda la producción simbólica que disparó ponen en jaque las nociones de acontecimiento histórico, evento, noticia, y discuten, interpelan y condenan al fracaso, formas de representación y narración vigentes. Nada es igual ahora en la batalla por el sentido.
Como hecho estrictamente histórico, en el sentido más cerrado, restrictivo y conservador del término, el 11-S es más de lo mismo, y los ciudadanos estadounidenses hartos de la utilización del miedo como estrategia de dominación lo expresaron con vehemencia en el marco del décimo aniversario. Esas voces de ciudadanos estadounidenses críticos fueron asordinadas con cinismo por los medios hegemónicos, que dieron más aire y volumen a los gestos patrioteros de la mojiganga imperialista. Pero aún así resultaron audibles.
Como todo hecho social, el atentado se produjo en un contexto particular, complejo, multiforme y dinámico. Ocurrió, tangible y verdadero, aunque inverosímil, en medio de un estado de cosas del cual el propio hecho es, a la vez, producto, emergente, síntesis y punta de iceberg. Y es en este marco donde el 11-S se recorta único, distinto, y alcanza su estatura de parteaguas histórico.
No es banal que el 11-S, que pone en jaque las nociones de acontecimiento y representación, haya sucedido en Nueva York, la ciudad del cine, la ciudad que tanto se parece a las películas que muestran Nueva York. Esa ciudad, acaso como ninguna otra, es su propia representación. Sus rascacielos son, a un mismo tiempo, edificios habitables, monumentos a sí mismos, manifiestos del capitalismo triunfante, y decorados ficcionales/reales para películas que transcurren en Nueva York.
Por este motivo, Nueva York, y más específicamente Manhattan, es un sitio poseedor de un muy particular espesor simbólico. Esa ciudad se erige en un magma semiótico multiforme, hiperactivo y de características únicas.
Que el 11-S haya ocurrido precisamente allí otorga al hecho toda una densa, singular carga semiótica. En su premonitorio Delirio de Nueva York (publicado en 1978), el arquitecto y urbanista Rem Koolhaas explora los orígenes de Manhattan, y define a esa isla como “el escenario donde se representa el último acto del siglo XX”.
El autor cita y analiza los textos programáticos de quienes pensaron y diseñaron la isla, un sitio que fue dividido racionalmente en 2.028 manzanas, un lugar que sólo podía expandirse hacia lo alto: allí se inventó el rascacielos, justamente.
Para Koolhaas, Manhattan es un “teatro del progreso” producto de la dialéctica entre barbarie y civilización. Ya desde los tiempos fundacionales, señala el autor, se anunciaba que el extermino, que comenzó con los pueblos originarios, no cesaría allí jamás. “Puesto que los principios exterminadores nunca cesan de actuar, se deduce que lo que es refinamiento en determinado momento, será barbarie en el siguiente”, afirmó Koolhaas, ominoso.
“Por tanto, la representación nunca puede terminar, ni siquiera avanzar en el sentido tradicional del enredo dramático; sólo puede ser la reformulación cíclica de un único tema: la creación y la destrucción, irrevocablemente entrelazadas e interminablemente reescenificadas. El único suspense del espectáculo proviene de la intensidad siempre creciente de su representación.”, escribió Koolhaas más de 23 años antes de la intensa representación del 11-S.
Nada nuevo
Actos probados de manipulación masiva e instrumentación del miedo, ya reconocidos por el propio imperio y profusamente documentados, desbordan los archivos de la CIA y el FBI, como puede comprobarse con sólo nadar por las cibernéticas aguas de la red, sobre las que flotan, con sus negros tachones, millones de documentos desclasificados que describen el imperio de la mentira.
El 11-S produce una ruptura muy profunda en otro terreno, entre otros motivos, por la total contemporaneidad de la ocurrencia de un hecho de tal magnitud y su registro. El hecho y la noticia se presentaron juntos, se desarrollaron en forma perfectamente simultánea.
El acto inesperado, insólito, inédito e inverosímil ocurre y, al mismo tiempo, en un mismo tiempo, es transmitido, representado, difundido y percibido (acaso experimentado) por millones de personas repartidas por los lugares más alejados del planeta. Su ocurrencia, se presentación es, a la vez, re-presentación, con lo cual, más que utilizar el tan vano guión, resulta ineludible discutir la noción misma de representación, una discusión que, obviamente, es muy antigua y ha marcado buena parte de la historia del pensamiento occidental.
Se presenta y se representa a velocidad Zen. No hay tiempo en medio. No hay mediaciones visibles, y aquí cabe preguntarse qué consecuencias tiene la ocurrencia de este nuevo tipo de acontecimiento histórico, por ejemplo, en la práctica del periodismo.
El filósofo e historiador estadounidense Hayden White acuñó la expresión “evento modernista” para referirse a esta novedad, propia del siglo XX, que pone en discusión distinciones canónicas para varias disciplinas como acontecimiento/hecho; ser/aparecer; representar/ experimentar.
Y más allá de la importancia de la noción de “evento modernista” y las implicancias teóricas específicas del concepto para la historiografía, la crónica y otras tantas formas de narración, resulta evidente que la emergencia de este nuevo tipo de hecho disparó toda una serie de reflexiones sobre el milenario intento de “reflejar” y “representar” una realidad exterior al lenguaje a través del lenguaje, arma de mil filos, instrumento arisco que lejos de reflejar obediente y servil, crea su propia realidad a partir de lo exterior y encima vela y esconde, cuchillo bajo el poncho, los alquímicos procesos que hacen que las cosas, los hechos, los actos de la realidad muten en palabras, en registro.
La velocidad del acontecimiento/representación, la aparente pero engañosa falta de mediaciones y, en definitiva, el devastador “efecto de realidad” que construyen estos acontecimientos globalizados constituyen desafíos para todos aquellos que denuncian que no existe la representación objetiva y describen sus mecanismos ocultos de mediación.
Este nuevo tipo de hecho requiere herramientas igualmente nuevas en medio de la batalla por el sentido. Lo nuevo no es la barbarie imperial desatada a partir del 11-S. Lo nuevo, lo que se vuelca hacia un futuro a construir, anida quizás en las premonitorias palabras de Koolhaas en 1978, o en los versos que escribió Federico García Lorca en 1929:
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay Wall Street!
