Raíces. La ONU se eleva sobre terrenos dados por Rockefeller.
Raíces. La ONU se eleva sobre terrenos dados por Rockefeller.

La firme postura de la mayoría de países latinoamericanos sobre el reconocimiento pleno del Estado palestino y el reiterado llamado a renovar el Consejo de Seguridad de la ONU implican un fuerte alegato en favor del derecho internacional y significan una oportunidad para refundar un organismo que hoy, al servicio del capitalismo financiero, se ha convertido en un cínico mecanismo de convalidación y legitimación de los atropellos imperiales que pisotean el derecho internacional e imponen la guerra.

El barrio se denomina Turtle Bay, algo así como Bahía de la Tortuga. La avenida primera, las calles 42 y 48 y el East River hacen de límites al enorme complejo de edificios, que pese a estar enclavado en la ciudad de Nueva York se considera ubicado en territorio internacional. En ese sitio, en Manhattan, se erige la principal Sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

El edificio ofrece una vista impactante, sobre todo desde el río. Fue construido entre 1949 y 1950, en terrenos comprados por John D. Rockefeller Junior, que los donó a la ciudad. El arquitecto director del complejo fue Wallace Harrison, que además era el arquitecto-asesor de la familia Rockefeller. Estos datos históricos, en apariencia anecdóticos, aportan por estos días, a 66 años de creación del organismo, algunas claves simbólicas de su funcionamiento y su decadencia: con su sede enclavada en la capital de las finanzas, tan cerca de Wall Street (y no sólo físicamente), en su origen y su historia lleva el marbete de los poderosos intereses económicos que lo crearon, los sostienen y lo utilizan.

La marca de Rockefeller, como símbolo, emblema y síntesis del capitalismo financiero, cobra hoy toda su vigencia. La ONU es la expresión, el síntoma y el resultado de esta etapa histórica marcada por el capital trasnacional y el frenético flujo de las finanzas. El organismo funciona como instancia de legitimación de los atropellos imperiales y de las grandes corporaciones. Así como algunos gobiernos (los ajustadores europeos son un buen ejemplo en este sentido) trabajan hoy para dotar de una pátina de legalidad a los embates de las grandes corporaciones, y en detrimento de la democracia y los intereses de las mayorías, la ONU realiza una tarea similar a nivel internacional, avalando “bombardeos humanitarios” e invasiones, y alejándose de su declarado objetivo en favor del derecho internacional y la paz mundial.

Y precisamente el Consejo de Seguridad, el organismo que, dentro de la ONU, es el encargado de “mantener la paz y seguridad entre las naciones”, el que muestra toda la perversidad del poder económico concentrado y exhibe la cara menos democrática y más injusta de la ONU. La “dictadura”, para utilizar el término empleado por el presidente de Bolivia, Evo Morales, a la hora de llamar a una “revolución” dentro del organismo.

El Consejo de Seguridad tiene, para colmo, una cuota de poder muy particular: a diferencia de otras reparticiones de la ONU, que únicamente pueden realizar recomendaciones a los gobiernos, el Consejo de Seguridad puede tomar decisiones (conocidas como "resoluciones") y obligar a los miembros a cumplirlas, de acuerdo a lo estipulado por la Carta de las Naciones Unidas.

La conformación del Consejo de Seguridad es un monumento a la injusticia al servicio de los más fuertes. El organismo reproduce, refuerza y avala el actual statu quo mundial a favor de los más poderosos intereses. Está conformado por 15 miembros, 5 permanentes y 10 temporales. Los cinco permanentes son los Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y la Federación Rusa. Los 10 miembros no permanentes son electos cada dos años como representantes regionales. La presidencia del Consejo se rota mensualmente de manera alfabética. Cada miembro del Consejo tiene un voto. Las decisiones en general requieren del voto afirmativo de, al menos, nueve miembros. Sin embargo, los cinco miembros permanentes cuentan con derecho a veto. Si alguno de estos países vota contra una propuesta, la misma queda rechazada, incluso aunque el resto de miembros haya votado a favor.

Mediante este poco democrático mecanismo, y con una participación muy acotada y restrictiva, se intenta relegar una vez más los derechos de la nación Palestina. No importa que la enorme mayoría de los países del mundo se hayan definido a favor del reconocimiento de Palestina como un Estado libre y soberano, el veto de uno de los poderosos puede condenar el clamor de pueblos enteros.

En este contexto mundial, la firme posición de los países de América latina, y más precisamente los discursos de Cristina Fernández y Dilma Rousseff, son hechos históricos que marcan un punto de inflexión y exhiben la particular situación de la región, en la que se profundizan procesos de liberación nacional con crecimiento económico e inclusión social, y al margen del Consenso de Washington y el neoliberalismo imperante.

Las mandatarias de Argentina y Brasil abogaron por un organismo internacional que refleje en forma cabal el estado actual de un mundo multipolar, en el que las naciones del denominado Primer Mundo se hunden en sus crisis infinitas al tiempo que ven surgir otras potencias emergentes que crecen y cosechan éxitos, y entonces piden pista.

Cristina reclamó la incorporación de Palestina como "Estado número 194 de las Naciones Unidas, porque su desconocimiento no sólo no fortalecerá la paz en la región sino que les brindará las coartadas necesarias a quienes ejercen el terrorismo internacional" y exhortó a Gran Bretaña a cumplir con las "10 resoluciones de las Naciones Unidas" acerca de las Islas Malvinas. Asimismo, reclamó una reestructuración profunda del Consejo de Seguridad, que contemple "eliminar la categoría de miembros permanentes y el derecho de veto".

La presidenta de la Argentina ratificó la necesidad de establecer reglas claras para combatir la "especulación financiera, que parece no tener freno, afectando monedas y economías, incluso el mercado de los alimentos". La mandataria insistió que es imprescindible garantizar que "los recursos financieros se vuelquen a la economía real" y criticó los "cambios cosméticos" del sistema financiero internacional y manifestó la necesidad de regular la actividad de las calificadoras de riesgo, "que han tenido grandes responsabilidades en la crisis económica global".

Por su parte, la presidenta brasileña, encargada de inaugurar la 66ª Asamblea General de la ONU, dedicó buena parte de su intervención a la crisis de las potencias. "Si no la superamos, será una fuente de grandes perturbaciones políticas y sociales, que causaría desbalances entre naciones. El destino del mundo está de las manos de todos. O trabajamos mancomunadamente o todos saldremos perdedores", afirmó, al tiempo que sugirió que ese tipo de conflictos sea abarcado desde una mirada plural. "Esto es demasiado grave para ser manejada por un pequeño grupo de países. Todos tienen el derecho de participar en las soluciones", señaló.

Rousseff reiteró el pedido de una reforma en el principal órgano de las Naciones Unidas al asegurar que el mundo necesita un Consejo de Seguridad que "refleje la realidad contemporánea y que incluya también a los estados en desarrollo". "Brasil está preparado para asumir su responsabilidad como miembro permanente", destacó con referencia a la solicitud de su país.

"Una nueva forma de cooperación, entre países desarrollados y emergentes, es una oportunidad histórica para redefinir, con solidaridad y responsabilidad los compromisos en las relaciones internacionales", añadió la mandataria brasileña, que también expresó su apoyo al reconocimiento de Palestina: "sólo un estado soberano libre podrá responder a los deseos legítimos de paz con sus vecinos".

Redefinir, reformular, revolucionar, reconfigurar. Los países de América latina que llevan adelante políticas que implican un profundo cambio de paradigma solicitan un cambio en la ONU, un cambio a favor del derecho internacional y de la paz. Enfrente tienen a los grandes imperios al servicio de las todavía más grandes corporaciones trasnacionales, que abogan por un mundo sólo dominado por el vertiginoso flujo de los capitales.

La batalla cultural está planteada y de ella depende, en buena medida, que no se extiendan otras batallas nada culturales, más cruentas, que dejan miles de muertos y países arrasados. El amplio predio delimitado por la avenida primera, las calles 42 y 48 y el East River es apenas uno de los campos en que se libra esta batalla. Por allí deambula el fantasma de John D. Rockefeller Junior, el que puso la plata.

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