El dúo Merkosy, el Papanikolis y la papota por Papandreu.
El dúo Merkosy, el Papanikolis y la papota por Papandreu.

Si no fuera por la gravedad de la situación mundial y por las devastadoras consecuencias que la sumisión del poder político al financiero provoca en las sociedades contemporáneas, cumbres como las de G20, que finalizó hace unos días en Cannes, Francia, deberían ser miradas en clave de sainetes planetarios desprovistos de toda gracia. Pero como no hay humorada posible cuando países enteros sucumben ante las crueles estrategias de la guadaña financiera internacional y sus cómplices políticos, es mejor interpretar a estos foros como lo que son: aceitados mecanismos de reafirmación del statu quo imperante. Percibamos todo lo que en ellos sucede desde la reticencia y la desconfianza absolutas.

El tema central de la pasada cumbre, el que monopolizó todas agendas y preocupaciones de los participantes y los medios fue la crisis económica griega y no por filantropía precisamente sino por el efecto domino que ésta ya ha comenzado a generar en países que enfrentan problemas similares, tal el caso de Italia por estos días. La crisis griega y los cimbronazos económicos y políticos que se avecinan nos muestran un panorama mucho más claro de los verdaderos objetivos de la famosa cumbre de Cannes.

Luego del G20, en menos de una semana, dos gobiernos europeos han sido literalmente decapitados. El primero, el griego, cayó por sus propias limitaciones y debilidades frente a las enormes presiones de la Unión Europea; el segundo, el italiano, con Berlusconi al frente, se derrumbó producto del «malestar de los mercados» o por su elevado «riesgo país», eufemismos que evitar decir que ya no son los pueblos o electores los que cambian los gobiernos occidentales sino los mercados y los fácticos poderes financieros. Las secuelas de semejantes reuniones no se hacen esperar y van mucho más allá de las bromas de Obama o las picardías del lascivo Berlusconi que por estas horas ya es historia.

Grecia ingresó a la Unión Europea en 1981, cinco años antes que España y Portugal, y lo hizo en cierta forma como ellos, por la puerta pequeña. Con economía modesta, a estos días el 3 por ciento del volumen total europeo, la sociedad griega debió, desde entonces, ir a remolque de las grandes potencias del continente que no han cesado, desde el año 2000, de exigirle medidas de ajuste de forma permanente para dar la talla en medio de una ficticia contabilidad europea.

Al país heleno se lo estigmatiza desde Bruselas por ser pobre y mal organizado, por haber hecho mal sus «deberes» comunitarios. Al estado se lo imputa de una altísima corrupción, de clientelismo, exceso de funcionariado, de tener pésimo sistema de salud pública, y una gran permisividad frente a la elevada evasión fiscal. Etiquetas para un país con un estado deficiente que viene maquillando las cifras de su economía para llegar a los niveles esperados.

En la reciente cumbre del G20, fue el particular tándem de conveniencia Merkel-Sarkozy, el que forzó de alguna forma la salida del ex-primer ministro Yorgos Papandreu al exigirle la aceptación de la sexta cuota del plan de salvataje de su economía y la aceptación de los ajustes que esa ayuda conllevaba. Las declaraciones públicas en contra de su gestión, las reprimendas, presiones y desplantes que lanzaron al político a lo largo del encuentro fueron percibidas desde el vapuleado pueblo griego como una verdadera humillación al país, más allá de la escasa popularidad con que contaba por entonces el ya desprestigiado Papandreu que finalmente saltó como un fusible del ajuste.

El dúo Merkozy, según su extendida caricatura oral, encarna lo que se conoce como la «locomotora europea», o sea, dos países, Alemania y Francia, que por su importancia económica y política están destinados a guiar a sus asociados europeos por el recto camino. Sin embargo este supuesto liderazgo, reforzado en los días del G20, está manchado de una ignominia que extrañamente todo el mundo parece soslayar: son estos dos países, junto a Estados Unidos, los más importantes proveedores de armamentos de la pequeña República Helénica.

Esta camándula franco-alemana, cuyos datos se esconden detrás de la opacidad mediática pero que están disponibles, demuestra claramente la estatura moral de estos celadores del bien griego y europeo. Al mismo tiempo que exigen austeridad al pueblo, promueven recortes en la educación y salud públicas, negocian o permiten bajo cuerda la venta de armas a países débiles y con enormes problemas estructurales, tal el caso de Grecia. La extorsión de la deuda, esa gran herramienta del neo-liberalismo, tiene en Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy a dos estupendos operadores políticos. Los pormenores de la venta de armas a Grecia son verdaderamente ominosos y perturbadores.

El SIPRI (Stockholm International Peace Research Insitute) es un institución sueca independiente dedicada al monitoreo permanente de los conflictos armados y los procesos de desarme que provee información, basada en código abierto, a investigadores, políticos y medios de comunicación. Es desde esta institución de referencia desde donde emanan la mayoría de datos fiables sobre el oscuro negocio de armas.

El informe 2010 del SIPRI desvela que Grecia fue uno de los cinco importadores de armas convencionales más importantes del mundo entre 2005-2009; este país tiene además, con 133 mil efectivos el mayor ejército de la OTAN en relación a sus habitantes; es el mayor inversor europeo per capita de armas. Este mismo informe señala que la compra de 26 aviones de combate F-16C a los Estados Unidos y 25 Mirage a Francia represento en el año 2009 nada más y nada menos que el 38 por ciento del total de las importaciones helenas. Se estima que en los últimos 10 años Grecia se habría gastado 50 mil millones de euros en Defensa, 10.398 millones tan solo en 2010. Francia y Alemania son grandes beneficiarios de este despilfarro armamentístico que suele justificarse por una suerte de «mini guerra fría» en la que estarían embarcados Grecia y Turquía, ambos miembros de la Organización del Tratado Atlántico Norte.

En cuanto a Alemania, mientras su gobierno reclama más transparencia a su par griego, sus empresarios (Ferrostaal AG) se dedican sobornar a los políticos locales para que aprueben la compra de sus submarinos. La fiscalía de Munich investigaba en 2010 el pago de estos cohechos. La alemana Thyssenkrupp Marine Systems (TKMS) y sus socios de Abu Dhabi Mar (ADM) son dos de las empresas encargadas de fabricar y vender estos navíos en la actualidad.

En marzo de 2010, mientras se discutía el primer “paquete de rescate” para el país helénico, se firmó un acuerdo marco para agilizar la operación de compra de los submarinos que por entonces estaba estancada. Grecia, de la mano de Yorgos Papandreu, pagó 320 millones de euros y recibió contenta a las embarcaciones bautizadas como Papanikolis, Pipinos, Matrazos y Katsonis.

Este acuerdo comercial fue paradojal, al mismo tiempo que el rescate europeo exigía una reducción del presupuesto en Defensa, se conminaba a los griegos a respetar los acuerdos ya firmados con las compañías de armas. En ese contexto, en febrero de 2010, el ministro de Relaciones Exteriores alemán, Guido Westerwelle, habría sugerido la conveniencia de que el gobierno griego compre aviones Eurofighter Typhoon cuyo fuselaje se produce en Alemania. Lo que es dato cierto, es la compra de 150 tanques Leopard de la firma muniquesa KMW, el último tanque fue entregado en 2009.

En cuanto a Francia las cosas no son mejores. El país de los Derechos del Hombre, como les gusta auto denominarse a sus ciudadanos, que es el cuarto exportador de armamentos del mundo y es su capacidad exportadora de artefactos muerte la que la une estrechamente a la díscola Grecia. Francia negocia o ya habría vendido recientemente 6 fragatas Fremm, helicópteros Puma y un a cantidad desconocida de cazas Rafale, de la firma Dessault constructora también del famoso Mirage y cuyo dueño Serge Dessault, es amigo personal del presidente francés y además dueño del diario «Le Figaro». Los aviones Rafale, por cierto, son los mismos que Sarkozy ofreció al defenestrado Muamar Kadhafi unos meses antes de declararlo nuevamente enemigo de Occidente. Esos aviones se utilizaron entonces para asolar tierras libias.

Ante el silencio generalizado de los medios implicados en estos negocios espurios, tal el caso de «Le Figaro» como es natural, el único político que alzó su voz en Europa fue el eurodiputado francés Daniel Cohn-Bendit del minoritario Partido Verde. En un discurso a viva voz en el seno del Parlamento Europeo, Cohn-Bendit dijo en el 2010: «Somos unos hipócritas. En los últimos meses, Francia ha vendido seis fragatas a Grecia por 2.500 millones de euros, y helicópteros por 400 millones; Alemania le vendió seis submarinos por un total de 1.000 millones de euros. Les prestamos dinero para que nos compren armas».

En tanto que algunos de los detalles de estos infames negociados salen a luz lentamente, los estados de Francia y Alemania siguen presionando a Grecia para que acepte la ayuda-deuda de la CE a cambio de terribles recortes. Ahora ya sabemos que es lo que se escondía detrás de las reprimendas públicas del dúo Merkozy a Papandreu en los días del G20 de Cannes. Estos chantajes repugnantes pilotados por execrables políticos al servicio de la industria armamentística, los mismos que operan sin esconderse para la tranquilidad de los mercados, no son más que la cara visible de la mazmorra planetaria que propone el neo-liberalismo.

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