“Todo verso”, diría el personaje de un cuento de Fontanarrosa.
“Todo verso”, diría el personaje de un cuento de Fontanarrosa.

Por Pablo Bilsky. En noviembre, el pueblo estadounidense deberá optar entre Barack Obama, que no cumplió ninguna de sus promesas electorales, invadió países, autorizó ejecuciones extrajudiciales, no cerró Guantánamo y firmó leyes represivas, por un lado, y una propuesta republicana mezcla de racismo, neoliberalismo y fanatismo religioso, por el otro. Es como elegir qué enfermedad padecer: o un decepcionante Al Jolson al que se le cayó la careta para dejar ver el rostro de George W. Bush, o bien alguno de los candidatos conservadores, racistas confesos que afirman que "los negros son vagos y parásitos" y que, sin embargo, no les resultan creíbles ni a los dinosaurios más reaccionarios del profundo Sur. El electorado progresista, y en particular los inmigrantes y los afroestadounidenses, deberán "elegir" entre la decepción y una ominosa y resentida restauración ultraconservadora.

“La desigualdad deforma nuestra democracia. Otorga una voz desproporcionada a aquellos que pueden pagarse lobistas (…) Las deducciones fiscales benefician a los más ricos. Algunos multimillonarios pagan una tasa impositiva del 1 % ¡1%!”, dijo. Y luego agregó: “El mercado nunca fue una licencia para tomar todo lo que se pueda de quien se quiera”.

Las palabras fueron pronunciadas el 6 de diciembre de 2011 en Kansas. Estados Unidos, según aparecen citadas en la nota de Serge Halimi (“Los pollos sin cabeza”) en la edición de enero de 2012 del mensuario Le Monde Diplomatique. Los pollos sin cabeza, según el autor de la nota, serían los dirigentes políticos, “simples juguetes” impotentes ante el poder de los mercados.

 

Fue uno de esos pollos sin cabeza, Obama, quien pronunció el tan progresista discurso. “Todo verso”, diría el personaje de un cuento de Roberto Fontanarrosa.

 

El presidente Obama no cumplió con ninguna de sus promesas electorales. No enfrentó a ninguno de los poderes fácticos de los EE.UU.: ni al capitalismo financiero especulativo de Wall Street, ni al complejo militar industrial. Y despidió el 2011 firmando la Ley de autorización de la defensa nacional, que permite a la Casa Blanca detener en instalaciones militares sin cargos ni proceso y por tiempo indeterminado a todo sospechado de terrorismo, aunque sea estadounidense.

 

En su discurso del 25 de enero de 2012 ante el Parlamento (el tradicional “Estado de la Unión”), Obama insistió con un sesgo progresista, marcado, incluso, por las demandas del movimiento Ocupar, que desde el año pasado se viene extendiendo por todos los EE.UU., y que fue sistemáticamente reprimido y desalojado por la policía.

 

“Barack Obama utilizó su intervención sobre el Estado de la Unión para lanzar su campaña de reelección 2012, con un discurso populista en el que se describió a sí mismo como un campeón de la clase trabajadora estadounidense, contra la pequeña elite de millonarios protegida por los Republicanos”, señaló la edición on line del diario inglés The Guardian, con un dejo de británica ironía.

 

Pero más allá de las palabras de Obama y del personaje de Fontanarrosa, destaca en el actual contexto mundial una marca de época, propia de esta etapa del capitalismo, especialmente en Europa y EE.UU: los que verdaderamente gobiernan son los mercados financieros, y algunos políticos se convierten en empleados serviles de los poderes fácticos, más allá de lo que digan. Justamente por esto, esos políticos ladran, pero nunca muerden. Ladran porque es parte de su trabajo. Ladran para convencer al electorado y poder así mantener en pie la gran fachada: la falacia de un sistema democrático que sirve para darles legalidad a los poderes fácticos, los que verdaderamente tienen el poder real.

 

El electorado progresista, y muy en particular los afroestadounidenses, se encuentran ante un verdadero dilema a la hora de elegir a quién votar. Porque frente al decepcionante Obama, los precandidatos del Partido Republicano configuran un escenario que resulta temible para esos sectores.

 

Los medios alternativos y progresistas de EE.UU. vienen denunciando sistemáticamente a los precandidatos conservadores: fanáticos religiosos, feroces especuladores financieros, empresarios especialistas en despedir trabajadores, moralistas hipócritas, y sobre todo,  racistas. Con diferentes estilos, en diferentes grados y dosis, los precandidatos del Partido Republicano exhiben un racismo cada vez menos sutil, cada vez más explícito y brutal.

 

Representan los peor de los EE.UU. Los afroamericanos saben que si gana alguno de los candidatos republicanos, no van a poder probarse las prensas antes de comprarlas, por ejemplo. Los probadores de los locales de venta de ropa serán sólo algunos de los lugares que tendrán vedado si gana alguno de los candidatos racistas, que insisten cada vez con menos sutileza, en la “identidad estadounidense”, concepto con el que dejan fuera a los afroestadounidenses. Un eventual triunfo del Partido Republicano significaría una ominosa y vengativa restauración ultraconservadora. 

 

Los medios alternativos Alternet, The Nation, Mother Jones, Democracy Now y Tom Dispach, entre otros, vienen ofreciendo a diario nuevos datos que completan una caracterización que resulta temible para buena parte del electorado.

 

De los seis aspirantes iniciales a la candidatura del Partido Republicano, sólo quedaron cuatro luego de las primarias en Carolina del Sur. Para muchos, algo así como cuatro jinetes del Apocalipsis: Newt Gingrich, Mitt Romney, Rick Santorum y Ron Paul.

 

Gingrich es un conservador liberal que odia al Estado casi tanto como a los afroestadounidenses, a los que considera “vagos y parásitos”. Según denunció Democracy Now, alcanzó la victoria en Carolina del Sur “gracias al multimillonario propietario de casinos Sheldon Adelson, quien le donó cinco millones de dólares. Gran parte del dinero se utilizó para comprar tiempo de emisión en los medios para atacar a Romney. Gingrich fue acusado de emplear la denominada estrategia sureña para apelar a los prejuicios de los votantes blancos del sur”, señala Democracy Now. Gingrich siempre hace especial hincapié en que Obama “es diferente a todos los otros presidentes de EE.UU”. El precandidato insiste una y otra vez los “valores familiares” , pero el electorado de derecha le señala con horror “su agitada vida persona"l. Sus tres matrimonios y sus divorcios asustan a los más pacatos.

 

Romney, ex gobernador de Massachusetts (2003-2007) es un multimillonario mormón. La semana pasada confesó que sólo paga el 15 % de impuesto sobre su cuantiosa, incalculable fortuna. Es un famoso “despedidor de personal” y gran parte de su riqueza la hizo especulando en paraísos fiscales como las Islas Cayman. Según el sitio Mother Jones, es “un muchacho de Wall Street” de pura cepa. Su fortuna personal, estimada entre 190 y 250 millones de dólares, proviene de especulaciones en bancos de Wall Street. “Es un fiel cliente de Goldman Sachs”, agrega el sitio.

 

Santorum es, para algunos analistas progresistas de los EE.UU., “el más conservador”, y exhibe “una religiosidad arcaica”. Se especula que podría ser el candidato del ultraconservador Movimiento Tea Party. Es homofóbico, y defiende el derecho de los estadounidenses a llevar armas. Sobre la despenalización del aborto es inflexible: no la acepta ni siquiera en caso de violación o de incesto. Para Santorum, la víctima de la violación “tiene que aceptar lo que Dios le dio”. El candidato definió a los métodos anticonceptivos como “el enemigo público número uno” y aseguró que el matrimonio entre personas del mismo sexo “conduce al sexo con perros”. Según reveló el sitio Alternet, Santorum declaró que “los negros son parásitos que viven gracias a los trabajadores blancos”. El candidato considera que los afroestadounidenses son “seres patológicos” que no pueden valerse por sí mismos.

 

Paul fue siempre contrario a la invasión Irak y no se opone a la legalización de las drogas, lo cual, en el contexto ultraconservador que configuran los otros candidatos, lo haría lucir como "el menos retrógrado". Pero en materia de racismo, no tiene nada que envidiarles. El sitio Democracy Now reveló la publicación en Internet de un video en el que se lo puede ver hablando frente a una bandera confederada gigante, la bandera del Sur racista. En esa oportunidad, según se observa en el video, Paul expresó, con referencia a la Guerra de Secesión (1861 y 1865), en la que el sur confederado y esclavista se enfrentó con el norte abolicionista: "Se ha hecho creer al país, y en cada una de nuestras escuelas públicas se ha predicado, insistido y machacado a nuestros niños, que lo único por lo que se peleaba era la esclavitud. Y sin embargo esa fue la excusa y fue el motivo de la agitación, y no se puede negar que era una cuestión importante, pero en mi opinión no fue realmente el motivo por el que se hizo la guerra". Paul rechaza de plano la legislación que, después de una ardua lucha colectiva, limitó la segregación racial de los años 60. “Es moralmente mala y es una violación a las libertades de los blancos”, declaró el precandidato del partido republicano, quien además asegura que los derechos de los afroestadounidenses son algo secundario. En resumen, es un defensor confeso del apartheid.

 

El martes 6 de noviembre de 2012 el electorado estadounidense enfrentará un dilema difícil de resolver. Por un lado, el decepcionante Obama, que con sus promesas pre-electorales había dado impulso, incluso, a la participación ciudadana en la política, algo desusado en EE.UU. Pero poco y nada quedó de eso. Y por el otro lado, se ofrece el racismo desembozado de los republicanos, un fanatismo religioso y retrógrado, combinado con propuestas a favor de las elites y en contra los intereses de los trabajadores y los sectores que más necesitan del Estado.

 

Acaso muchos ciudadanos estadounidenses se queden viendo televisión, o frente a sus computadoras ese día. La política habrá perdido entonces una batalla más frente al statu quo.



Fuentes: Alternet, The Nation, Mother Jones, Democracy Now, Tom Dispach, The Guardian, Le Monde Diplomatique.

 

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