Los viejos vinagres que se oponen al voto a partir de los 16 años, han liquidado el último vestigio de juventud que pudieron haber tenido todavía oculto, bajo su densa dermis forrada –una capa sobre otra– de moralina, hipocresía, prejuicios y pacatería. En vez de abrir la cabeza para aprender de los que están creando el mundo nuevo, se aferran a sus certidumbres pedorras y agitan fantasmas. “Ojo que La Cámpora adoctrina y lava cerebros”; “cuidado, que esto es puro oportunismo para la reelección de Cristina”, repiten. No pueden ocultar su miedo al cambio, a lo nuevo, a lo que no pueden controlar, a seguir perdiendo.

Cuando tenía 16 años, de esto ya hace veinte, me hubiera gustado tener el derecho a votar. Recuerdo que a esa edad en el colegio público provincial San Martín, de la ciudad de Rufino, con un grupo de alumnos quisimos formar un Centro de Estudiantes pero La Pata, nuestra directora, se opuso amparada en una norma que según ella sólo permitía la formación de clubes de estudiantes tutelados por docentes y preceptores.

Tras un modesto aunque rico proceso de participación y discusión, que no fue masivo, hay que reconocerlo –el año 92 no se caracterizó por la participación de los jóvenes en la política–, finalmente se formó ese club, para frustración de los que soñábamos con un ámbito de organización y autonomía estudiantil. Encima la única medida que impulsó ese club, que yo recuerde, fue la increíble instrumentación de un uniforme –tomando como modelo el de los colegios privados–.

Los tiempos están cambiando. Y para mejor. Hoy como consecuencia de un proceso que los jóvenes ya han puesto en marcha y que cobró su máxima visibilidad tras la muerte de Néstor Kirchner, se debate a nivel nacional la posibilidad de otorgar el derecho al sufragio desde los 16 años, y en el ámbito de Santa Fe –que viene relegada en el tema–, la reglamentación de los Centros de Estudiantes. La disyuntiva de los diputados y senadores, en todos los niveles, es ver si serán cauce del río que viene barriendo, o si intentan poner un dique que contenga las aguas, con el riesgo de que se los lleve puestos.

Los sectores reaccionarios siempre se oponen a los procesos de ampliación de derechos. Sucedió con la asignación universal por hijo o con el matrimonio igualitario, por dar dos ejemplos recientes. Aunque por estos días se han recordado frases que parecen salidas de las cavernas, referidas al momento de sanción del voto femenino. Después también hay muchos incautos, permeables a fantasmas y consignas blandidas desde los medios hegemónicos. ¿Cual es el riesgo de que voten los jóvenes de 16 años? “Que no estén del todo formados”, responden algunos a los que habría que preguntarles qué “medidor” utilizan y cómo hicieron para pasar la prueba ellos mismos.

“Entonces que también vayan presos”, exigen los mismos sin siquiera saber que en todo el país a partir de los 16 años los jóvenes son privados de la libertad en institutos, que como el Irar en Santa Fe, son antros superpoblados que no cumplen siquiera con los estándares mínimos de dignidad que debería tener cualquier sistema penitenciario.

Pero la razón represiva, que es el rostro oculto del poder real detrás del pensamiento liberal conservador, ha dejado en claro que a la hora de considerar a la juventud como sujeto político no hay que andarse con medias tintas. Y si no, repasemos los testimonios de los más de 15 juicios orales y públicos que en este momento se están desarrollando en el país, en los que se investigan los delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura; o las sentencias mediante las cuales fueron condenados 299 genocidas. Ahí nos encontramos con miles de historias en las que chicos de 14, 16 y 18 años, junto a tantos otros, casi siempre jóvenes, fueron sometidos a los más crueles métodos de tortura, seguidos por la muerte y la desaparición física, para asegurar el status quo de ese poder real, todo con la bendición de los capellanes militares. La misma iglesia que se opone a los cambios actuales.

En el marco de este saludable debate, no está mal hacer el ejercicio de recordar esos días cuando teníamos 16 años. Qué bien nos hubiera venido a nosotros tener el derecho al sufragio, para decirle a La Pata que nos explique cómo podíamos votar las autoridades de nuestra ciudad, provincia y nación, y no tener un centro de estudiantes. Por suerte la historia es dinámica, y los tiempos –como las personas, sean estas directoras, preceptores o alumnos–, cambian.

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Un comentario

  1. Luisa

    04/09/2012 en 10:34

    La razón por la que estos «viejos de mierda» (más allá de la edad cronológica)se resisten al empoderamiento de los jóvenes se relaciona fuertemente con la baja de la edad de imputabilidad, los 0800 buchón, la criminalización de la pobreza etc., ya que, subidos al caballo de la soberbia, pretenden eludir la responsabilidad que les cabe en la destrucción del país, la resistencia a medidas redistributivas y la regionalización del modelo de desarrollo que implementa ¡¡¡Por primera vez!!! el cono sur.

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