Yo no sé, no. Caminando por Alem, del lado que da a esos ligustrines que separan la cancha de golf de Mar del Plata con la vereda, Pedro pensaba –cada vez que recogía alguna de las pelotita perdidas–: “estos deben ser unos troncos, que le erran tanto al hoyito”. Ese verano donde fue de vacaciones –rumbo al hotel, que quedaba cerca–, se la pasaba juntando pelotitas. Un día juntó como seis en el recorrido de lo que a él le parecía el largo de una cancha.
Todos, o casi todos, sabíamos que esa vereda de tierra parejita y firme tendría uno o dos años de vida, pues las baldosas se nos venían encima. Era una cuadra en la que se estaba edificando a ritmo acelerado; y jugar al hoyito-pelota ya no sería igual.
De principio de los sesenta hasta mediados de los setenta, desde la zona sur al barrio, llegando en colectivo, de pronto aparecían los grandes hoyos allí donde había un mercado ya en ruinas, o una plazoleta, aparecían los grandes pozos. Algunos con un diámetro de una cuadra. Algunos que duraron mucho más tiempo que la lógica dinámica de la ciudad y muchos se acordarán del monumento al pozo, pegadito a la Maternidad Martin.
Durante un viaje en tren, de Tucumán a Salta, en una guitarreada integradora, a una piba que pelaba bien la viola y que era de la ciudad de Santa Fe, cada vez que sonreía le aparecían dos hoyitos en la cara. Era una estudiante secundaria que militaba, iba rumbo a Salta a un operativo solidario. Pedro pensó mucho tiempo en esa sonrisa y siempre me decía: “Ojalá que la siga teniendo, porque viste, las pibas crecen y las caras se modifican”. Y la verdad que cada vez que se le dibujaban esos pocitos, parecía que la piba escondía toda la preocupación del mundo y te daba una sensación de tranquilidad, propia de aquellos tiempos en que entre compañeros uno se sentía seguro. Eran quizás los últimos años en los que el barrio se seguiría agrandando a fuerza de abrir calles y aparecerían los hoyos para los postes de la luz; y los otros, para el baño.
En el monte Bertolotti o Cavallero, que estaba detrás de la Fábrica de Armas y que llegaba hasta la Vía Honda, había un par de ruinas que nunca inspeccionamos totalmente, porque seguro que había algún pozo mal cerrado, y hasta se contaba que alguno la pasó mal cayéndose.
Durante la gran noche que se nos vino aparecieron otros tristemente célebres pozos en donde la historia, los sueños y la vida de miles personas querían al mismo tiempo borrar las sonrisas tranquilizadoras y cambiarlas por muecas de terror. En la vieja Jefatura de Rosario, el lugar llamado el Pozo es emblemático en ese sentido.
Hoy aparecen pozos que al lado, con un cartelito, dicen: “Tal empresa trabajando”. Antes decían “Obreros trabajando”. Algunos son conflictivos, como para meter autos (cocheras subterraneas), otros grandes hoyos donde se levantarán edificios como para que la gente viva más amontonada y cerca del centro. Y por otro lado hay un montón de tipos saliendo del pozo (económico), pero reaparecen una y otra vez más las propuestas del liberalismo amenazando para que esa tarea sea prácticamente imposible.
“Y bueno –a veces reflexiona Pedro–, habrá que seguir convenciendo y convenciéndonos de que, al igual que de los laberintos, de los hoyos se sale por arriba”. Y agrega: “¿Sabés qué? si las veredas son el precio de no jugar más al hoyo-pelota, ojalá que tengamos la puntería necesaria para aplicar las políticas que hagan que todas las sonrisas, con o sin hoyitos en los cachetes, nos encuentren cerrando los números, pero con la gente afuera… afuera del pozo.
Publicado en El Eslabón

