Francisco ofreció un discurso político rebosante de ideología. Denunció conflictos e injusticias y habló de un cambio de sistema. Expresó su apoyo a los procesos de cambio en la región. Se ubicó en las antípodas de la propaganda de los poderes fácticos y las chirles falsías de Durán Barba, que intentan desdibujar la política en favor del mercado y vaciar el discurso de contenido.

El discurso del papa durante la clausura del Encuentro Mundial de Movimientos Populares en Bolivia se ubicó en las antípodas del que vienen exhibiendo los poderes fácticos, los partidos de derecha y el frente mediático representados por Clarín y La Nación.

Y esta constatación, que se basa en una mera comparación de discursos (considerados acontecimientos en sí mismos) puede ser tomada, al menos por un momento, a los efectos de este análisis, más allá de la indispensable polémica y las distintas posturas que existen sobre la sinceridad y la credibilidad de las palabras del papa, teniendo en cuenta su pasado y el de la Iglesia.

El hecho es que el discurso del papa fue desmontando, deconstruyendo y refutando, uno por uno, los mitos y las falacias en la que se basa el discurso neoliberal en general, y el del PRO en particular, como para tomar un ejemplo paradigmático y local.

Foto: Ahora Noticias.
Foto: Ahora Noticias.

Francisco desmintió las excusas que Estados Unidos, las otras potencias imperiales y los poderes fácticos utilizan para ejercer la prepotencia, el imperialismo y la injerencia: las presuntas luchas contra el terrorismo, las drogas, y la corrupción. Son formas de dominación, refutó el papa, no combaten lo que dicen combatir. “Bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo, se imponen medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeoran las cosas”, señaló el papa, que también desmintió la vieja y falaz teoría del “derrame”.

Vade retro papa. Para horror de Clarín y La Nación, Francisco mencionó, además, el otro gran actor político de estos tiempos: “La concentración monopólica de medios”.

Y utilizó palabras que son conceptos clave: “poderes fácticos”, “Patria Grande”, “tierra, trabajo y techo”. Son expresiones con historia, cargadas de ideología, que llevan la marca de luchas colectivas de vieja data en América Latina.

El papa ofreció pura ideología. Altas dosis de política. Un discurso lleno, denso, pesado, cargado de denuncias de injusticias y conflictos. Por eso el discurso de Francisco se ubica en las antípodas de la liviandad de los globos del PRO, que son metáforas del discurso PRO: un vacío inasible que se lleva la brisa.

El discurso de Francisco obró como un antídoto anti-PRO. Durante la nihilista campaña electoral que realizó la derecha, por ejemplo, ni los periodistas ni la ciudadanía lograron arrancarles a los dirigentes de ese espectro político ni una sola definición ideológica. No hubo forma. No hubo caso.

Es más, a veces, los dirigentes políticos de la derecha, puestos a esquivar estas definiciones, a la hora de hacer tales malabares, como funambulistas de la nada, parecieron calzarse el traje de predicadores.

Balbucearon paz, amor, diálogo plenario y bien común. Pero no: poco dotados para la parla, con menos labia que un caloventor quemado, fracasaron, como meros charlatanes duranbárbicos, y dejaron una sensación de pena, desesperación y tristeza de una derecha que no tiene ya con qué engañar al electorado.

El papa atacó además el centro de flotación del discurso del PRO, y de buena parte de la dirigencia política, salvo algunas excepciones. La idea de “cambio”, el gran comodín, tan manoseado en la campaña.

El cambio verdadero es un cambio de sistema, dejó en claro el papa. Un cambio estructural, no de rostros ni sonrisas. ¿Y quiénes son los sujetos de la historia llamados a ejercer este cambio? ¿Habló acaso el papa de equipos técnicos? ¿San Durán Barba, dijo? ¿El baile y el confeti PRO? No, nada de eso.

En las antípodas de esos balbuceos, los sujetos de la historia que el papa señaló claramente son los campesinos, los trabajadores y los jóvenes militantes, esos a los que alguna vez les aconsejó que “hagan lío”.

“Lío”, les dijo, no “equipos”, y durante su discurso en Bolivia precisó todavía más la cuestión. “Lío” significa “militancia”, “cambio de estructuras” en un sistema capitalista que “no da para más”. Vade retro Francisco.

“Queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos. Y tampoco lo aguanta la Tierra, ‘la hermana Madre Tierra’, como decía San Francisco”, aseguró.

“¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios?”, dijo el papa ante cinco mil representantes de organizaciones sociales de cuarenta países.

“¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza? Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza”, señaló el pontífice.

Pero acaso la mayor, la más profunda y fundamental diferencia entre el discurso papal y el de la derecha sea otra. El discurso de la derecha, como todo discurso destinado a engañar, siempre oculta, siempre, en forma sistemática, oculta desde dónde se dice lo que se dice. Desde qué ideología, desde qué sector, desde qué clase social o grupo de interés se enuncia lo que se enuncia. Eso es lo indecible.

En las antípodas de este artilugio barato, el papa, para poder tener autoridad moral desde donde hacer sus críticas, comenzó con el pedido de perdón y la autocrítica. “Pido humildemente perdón no sólo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”, dijo.

Frente al discurso denso, cargado y político del papa, se erige el cuentito PRO: “Todos juntos, con buenos equipos técnicos y buenas intenciones podemos hacer que todos estemos bien, con diálogo, sin conflictos, y, sobre todo, sin política ni ideología. No tenemos limitaciones ideológicas. Haremos lo que tenemos que hacer para que todo vaya bien para todos” (Véanse, a esta altura del texto, globos amarillos en feliz revoloteo).

De un lado, un discurso cincelado por las sutiles estrategias de persuasión de la retórica clásica (Aristóteles, Cicerón, Quintiliano), destilado por la intelectualidad y las estrategias teológico-marciales de la Compañía de Jesús, la de Baltasar Gracián. Del otro lado, el cacareo desafinado de los lobistas de los poderes fácticos, tan acostumbrados a imponerse por la fuerza, todavía inexpertos a la hora de convencer a grandes mayorías de que voten contra sí mismas.

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3 Lectores

  1. María Rosa White

    12/07/2015 en 12:46

    Excelente análisis.

  2. adhemar principiano

    12/07/2015 en 16:25

    Desde hoy voy a reinvertir mi fe, el cura bergoglio hasta ayer fue el colaborador del GENOCIO civico-militar, en el presente es el revolucionario del sistema sin piedad, y para el cronista es el anti PRO, que mundo loco,loco, no..

  3. Pablo

    13/07/2015 en 9:12

    Así es Adhemar. Que el mundo está loco no es noticia. Que un papa diga esas cosas, para este cronista y para muchos otros en todo el mundo, sí. Y no creo que sea necesario modificar nada en cuanto a la fe o a la ausencia de fe de cada uno. Sólo reconocer los hechos, aunque resulten chúcaros a la hora del análisis. Prefiero correr el riesgo y analizar, aunque ponga en peligro la pureza ideológica. Para los que no somos creyentes, la pureza nos tienen sin cuidado. Un abrazo.

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