
Las medidas impopulares del gobierno –devaluación, transferencia de ingresos de trabajadores a agroexportadores, endeudamiento externo– son revestidas de la necesaria construcción de sentido que las convierta en inevitables y necesarias. Libertad vs cepo, sinceramiento contra falsedad e hipocresía, normalidad vs excepcionalidad.
En el primer día sin restricciones a la compra-venta de dólares, el diario Ámbito Financiero invitó a los lectores de su sitio web a participar de una encuesta en la que les preguntó: “Tras la eliminación del cepo, ¿piensa comprar dólares?”. Los resultados de la compulsa revelan el segmento al que estuvo destinada la decisión de política monetaria: el 77,95 por ciento respondió que NO. El 22,23 restante SI.
El levantamiento del “cepo”, como la guerra gaucha contra la resolución 125 hace siete años, es una medida que –para ser efectiva en el conjunto de la sociedad– va acompañada de una operación de construcción de sentido común que consiste en ubicar en el centro del interés general lo que, en rigor, significa un mero interés particular. En ambos casos –las retenciones y el “fin del cepo”– tienen como beneficiarios a unos pocos.
No es necesario conocer el número de personas físicas o jurídicas con capacidad para adquirir hasta dos millones de dólares mensuales para establecer que la medida está dirigida a una minoría pudiente. Incluso, la libertad para sacar del país los dólares adquiridos –eso que se conoce como fuga de divisas– hace probable que los mismos bancos que prestarán al gobierno los dólares para levantar “el cepo” los recompren y los vuelvan a llevar hacia sus casas matrices del extranjero, cobrando la tasa de interés correspondiente por el préstamo otorgado al país.
El mercado único de divisas sin regulación estatal y librado a los humores del mercado –oferta y demanda– no resolverá ningún problema a los trabajadores, jubilados ni pensionados. Por lo pronto, supuso una devaluación de la moneda nacional del orden del 40 por ciento. La profundidad de su efecto sobre los precios –y, por lo tanto, sobre el poder adquisitivo de quienes poseen ingresos fijos- se verá con el correr de los días. No será para bien.
Junto con otra medida oficial anunciada la semana que pasó, la eliminación de retenciones a productos agroalimenticios y la reducción en cinco puntos a la soja, pone en escena la alianza social del gobierno de Mauricio Macri con el sector agroexportador y financiero, que serán sus principales beneficiarios y sostenes políticos. Sin embargo, esas medidas son presentadas como beneficiosas para el conjunto.
Cómo te lo digo
Durante el anuncio de desregulación del mercado cambiario realizado el jueves por el ministro de Hacienda nacional, Alfonso Prat-Gay, la palabra devaluación no fue mencionada. Su efecto sí es popular, por cuanto repercutirá en la capacidad de compra de todos, con especialidad crueldad en la de los que menos ingresos poseen.
Sin embargo, en el microcine del Palacio de Hacienda sólo se habló de “fin del cepo”. Si el cepo es un instrumento para sujetar, para inmovilizar y retener contra la voluntad de quien lo padece, ¿quién en su sano juicio no querría zafarse de semejante artefacto aprisionador?.
En términos simbólicos, gracias a Prat-Gay los argentinos zafamos de esa sujeción, de esa atadura que nos mantenía inmóviles y nos impedía, desde fines de 2011, ser libres.
Los intachables zócalos del canal de noticias del Grupo Clarín, TN, poderosa máquina de construcción de sentido, cooperaron de un modo inmejorable a construir esa sensación de ansiada libertad recuperada: “No se va a perseguir a nadie por comprar dólares”, decía.
¿Qué tenemos, entonces, a partir del jueves? Mayor libertad, la deseada posibilidad de movernos libremente sin horribles maquinarias sujetadoras que nos atrapan y nos persiguen cuando nosotros, sanos ciudadanos de bien, sólo queremos adquirir moneda extranjera. Una sensación de emancipación del arraigado agobio se derramó sobre la atribulada sociedad argentina.
Derecho a la información
Una pequeña anécdota recogida por quien escribe esta columna ilustra mejor de diez tratado de sociología cómo producen efectos sobre las manipuladas testas las implacables operaciones discursivas.
El portero de un edificio céntrico de Rosario me contó, enfadado, que no había podido comprar dólares el primer día post “cepo”, porque los bancos locales no habilitaron las operaciones cambiarias.
Me explicó que tiene dos mil pesos ahorrados de su salario destinados a esa ansiada inversión, obturada por la anterior dictadura que usurpó el gobierno. Por eso votó a Macri, para, entre otras cosas, gozar de la libertad de adquirir moneda extranjera.
Pero no todo es bienaventuranza en la Revolución de la Alegría. “Levantaron el cepo, pero ahora te lo quieren vender a 14 pesos, no a 10. ¡Qué vivos!”, continuó lamentándose. Lo consolé diciéndole que en unos pocos días se iban a resolver los problemas “técnicos” que hoy lo malograban, y por fin podría tener en su poder los 142 dólares con 85 centavos en que se convertirán sus dos mil pesos.
Le aclaré que sí, que efectivamente el día anterior además de informarse el “fin del cepo” se había realizado una devaluación del 40 por ciento del peso, aunque no se había dicho de ese modo. Por lo que, a diez pesos, no iba a conseguir más que un kilo de papas.
Desconozco a través de qué soporte y medios de comunicación se informa el portero. Lo que está claro es que es un fiel ejemplo –y ostensible víctima– de esa operación mediático-discursiva que convierte en interés general el interés particular de un grupo social reducido. De ese presunto pensamiento libre que, en realidad, es pensado con exterioridad a sí mismo, en buena parte por el poder comunicación, que es el poder financiero.
Y, además, pone de manifiesto la importancia del derecho de las personas a acceder a información fidedigna, para ampliar sus márgenes de auténtica libertad.
¿Sinceraqué?
Otros ejemplos del coyuntural logro en la construcción de sentido común de los medios de comunicación hegemónico en su objetivo de blindar al gobierno de Macri es la instalación de dos sustantivos de notable poder en este contexto: sinceramiento y normalidad.
La devaluación del peso, que implica una brutal transferencia de recursos de los trabajadores y sectores de ingresos fijos al sector agroexportador, no es una medida de política cambiaria y económica adoptada por el gobierno sino un “sinceramiento”.
¿Sinceramiento de qué? De una mentira, claro. Nos estuvieron mintiendo todos estos años y, ahora, es necesario ser francos con esa realidad auténtica, indiscutible, irrevocable, antes falseada.
Tanto la mentira como la sinceridad fueron construidas por el mismo productor-usina: el poder comunicación, el más sublime de los poderes reales.
Si así fuera, la devaluación no debería tener ningún impacto sobre precios, puesto que la desvalorización de la moneda nacional en relación al dólar ya se habría producido y ahora que los hipócritas dejaron el poder público sólo resta admitirlo.
Pero no: la devaluación es una medida de política cambiaria y tiene profundos efectos económicos, positivos y negativos. No es consecuencia de un designio divino –por esa condición inevitable-, así como su porcentaje no resulta de consultar el oráculo sino de una resolución político-económica que adopta un gobierno, integrado por personas que poseen y representan intereses.
A pesar de su pretensión totalizadora, existen fisuras en el poder comunicacional, como en cualquier otro poder. La eficacia del cepo semántico –que hoy luce inapelable– se pondrá a prueba con los alcances reales de la billetera del caballero y la cartera de la dama a fin de mes, la víscera más sensible del gaucho.
“La Argentina vuelve a la normalidad” es otro de los mensajes que orlan la flamante gestión de Cambiemos. El latiguillo, breve y preciso para la sabia deglución del conjunto, sintetiza la idea de que la integración de los sectores excluidos, los equilibrios económicos para el beneficio común, la búsqueda de una sociedad más igualitaria, la apuesta a una industria nacional que nos desarraigue de la histórica primarización productiva, los intentos de soberanía política e independencia económica son, sí, anormales.
La Argentina “normal” tiene doscientos años y siempre fue liberal. El liberalismo es un sistema político-económico pero, como siempre imperó en este sur, se naturalizó como “normalidad”. Por esa razón, las disfuncionalidades deben localizarse en el radicalismo yrigoyenista, el peronismo de los años 40 y 50, el kirchnerismo, todos intentos por abrir una hendija en esa hegemonía.
Que los empobrecidos ni siguiera aspiren a abandonar su pobreza, que los ricos lo sean lo más posible y con el menor esfuerzo, que podamos comprar hasta dos millones de dólares por mes en un banco sin que nos pidan más que el DNI es un bestial regreso a la Argentina normal, que los disfuncionales insisten en denominar restauración conservadora.
Fuente: El Eslabón.
