Foto: Taringa.
Foto: Taringa.

Yo no sé, no. El Colo le tenía miedo al Monte Caballero, que está cerca de la estación de barrio Hume ahora. Íbamos a buscar caña y el Colo tenía miedo porque parece que había sombras y se hablaba de un castillo y hasta de algún muerto. Por eso nunca quiso entrar. Pero el otro día, el Colo, que ya tiene poco más de 50 años, dice: “Che, ¿vamos a comer un asado ahí cerquita del Monte Caballero? Ahora que me animo con ustedes a encarar a esas sombras”.

Las cañas que buscábamos eran para los barriletes, que en aquel tiempo remontaban lindo. Años más tarde conocimos el heroico federalismo de las montoneras chachistas que tenían como tacuara a simples cañas y un corazón enorme de patria, y lo llevaban como estandarte contra el colonialismo de entonces. En esa época conocimos a unos flacos que la pisoteaban de lo lindo. Cerca de Doctor Rivas y Avellaneda estaba la canchita de Yapeyú, en la que el Flaco Caña la rompía jugando en el mediocampo. Después fue maestro de la escuela Santa Isabel, el Flaco. Y en el mediocampo de los equipos de Primera, estaban Landucci –en Arroyito– y Acosta –en el parque–, que parecía que no tenían sombra de tan flacos que eran, pero se ponían el equipo al hombro y llevaban en lo más alto el estandarte de los colores que defendían.

Ahora estamos en un febrero que, entre otras cosas, se conmemora el Combate de San Lorenzo. Ese que uno cuando lo estudiaba en la primaria veía que la mayor arma que tenían los soldados de San Martín eran las lanzas como tacuara, y un corazón ávido de patria. Y no era poco.

Pedro me dice el otro día: ¿Dónde estarán las nuevas cañas para hacer tacuaras?, porque para él, las tacuaras están medio vencidas. Parece que el sentimiento patrio está apuntando para abajo. ¿Dónde estarán sembradas las cañas para remontar los nuevos estandartes?, para alejarnos de esas sombras del coloniaje que parece que están sobrevolando de nuevo no sólo por la patria nuestra sino también por la gran patria americana. Habría que buscarlas, y prepararse. Untarse y enarbolarlas de nuevo. Para volver a llevar las banderas bien en lo alto y para enfrentar lo que se viene: las sombras de los buitres, de los ceros, esas que en el barrio se van a traducir en menos poder adquisitivo y en menos laburo, la peor de las sombras. Ese pedazo de patria hay que defender –me dice Pedro– y para eso hay que ir en busca de esas cañas.

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