
Yo no sé, no. Cuando era pibe, Pedro se pasaba las noches despejadas contando estrellas. Una vez le dijeron que eran 50 y el lo quiso verificar. Hasta que entendió el chiste: sin cuenta, porque no se pueden contar, son infinitas. En el barrio, para los torneos, había un flaco –creo que era de Carlos Casado– que era ecuánime para contar los pasos, siempre parejito. Así que, cada vez que había un tiro libre lo llamaban para que marque la distancia de la barrera, y lo mismo ocurría cuando había que contar los 12 pasos para patear un penal, para que no se armen esas discusiones eternas como las que había cuando jugábamos a las bolitas y había que medir cuatro dedos. Y en las noches de truqueada, aunque no se jugara por plata, siempre había uno que no sabía o no le gustaba jugar y lo mandaban a llevar los tantos, para que nadie pizarrée a nadie. El “contador”, lo llamábamos.
En el colegio, en segundo grado, ya no te dejaban llevar el contador, el ábaco, había que saber sumar con la mente y ponerlo en el papel. Ya en la secundaria, Pedro apareció de rebote en el Superior de Comercio, una escuela hecha para contadores, y entró al Centro de Estudiantes, en el área de Prensa y difusión. Era 1975 y Pedro contaba lo que se podía contar, casi en la clandestinidad, pegando papelitos. Pero era un contador al fin.
Otra vez, en unas vacaciones con los pibes, terminó en la parte administrativa. Como sabía poco y nada de cocina, y no le gustaba mucho encargarse de otras cuestiones –como armar las carpas–, se ocupaba de los números, de pagar las cuentas en el camping o cuando había que hacer las compras. Los años del Superior para algo habían servido. Y cuando viajaba en tren, a Buenos Aires o a Carcarañá, Pedro contaba los horneros que iba viendo en los postes de luz. Estadística pura.
El otro día, un economista decía en un programa que para que esto camine se necesita la mitad del Estado, para que los números cierren. Eso implica reducir la mitad de la población porque sino queda gente afuera, pensó Pedro, y le pasó un frío por la espalda. Son tipos que nos quieren hacer creer que en la política, dos más dos no es cuatro. Para eso pongamos un contador público de Presidente y dejemos las elecciones de lado, a ver cómo viene la mano. Por eso prefiero a los contadores de relatos, me decía Pedro mientras veía que a muchos vecinos les sacaban el contador de la luz –o el “medidor”, como le llaman ahora– porque no pueden pagar la factura. Encima, para acceder a la tarifa social tenés que contratar un contador que te justifique la pobreza.
Por eso, dice Pedro, hay que pelearla a pesar de ese tipo de contadores, de los que salen en los medios diciendo que la única realidad es la de los fríos números de la economía. Esos tipos que nos quieren hacer creer que dos más dos cierra para todos, pero sólo si consumen la mitad. O si la mitad de las personas la pasa mal.
