
Tomás Sufotinsky nació en Paraná, Entre Ríos, en 1989, pero vive en Rosario, donde cursa la carrera de Letras en la Universidad Nacional. El otoño circular es su primer libro de poesía, publicado en 2015 por Baltasara Editora tras ganar la convocatoria de ese género. Los poemas reunidos en este volumen van del verso libre, la rima y la prosa, y se dividen en tres bloques o capítulos: Testimonio; El cerezo en el jardín y Responso. Aunque él mismo advierta en sus poemas un “estilo de escritura inmaduro”, Sufotinsky elabora, entre el lirismo y la contemplación objetivista, una estética propia que tiene sus marcas y diálogos con los más grandes a cada lado del mismo río: Saer y Juanele.
Más allá de las citas literarias, como el epígrafe del libro, por ejemplo, sobre el hombre de Borges que con un libro de matemáticas en la mano, a veces mira “los colores irrecuperables del cielo”; o la versión libre de El Paseo, de F Holderlin y otras referencias veladas. Todo lo que Sufotinsky “absorbe” lo trabaja, lo ceba “hasta que se lave”, como el mate, significante que por otra parte, se desplaza con él desde Paraná hasta Rosario y de punta a punta del libro, como un amuleto identitatario, atávico y ritual.
Testimonio abre el libro con un viaje continuo entre una ciudad y la otra, en un lenguaje descriptivo pero con la experiencia como premisa, como quien trata con la mirada de dar contraste e investidura a ambos lugares: delimitarlos, nombrarlos y ocuparlos. Sin embargo persiste un extrañamiento, como si la voz de los poemas fuese un poco extranjera a cada lado del río.
La Construcción, quizás de los poemas más narrativos del libro junto con Simulacro, consigue en un giro torcer la segunda persona singular del que observa a obreros levantar edificios en una ciudad ajena, hacia la primera persona que la habita y toma la palabra: “Ah, acá estaba”. Otro poema eminentemente urbano es Una puntada, sobre cierta forma de habitar una soledad que no tiene compañía.
El cerezo del jardín reúne poemas que proyectan en su mayoría una mirada hacia atrás, nostálgica, de sus “barrancas natales” de Paraná, la casa de la infancia, y sobre la imposibilidad de volver a ninguna: “Somos dos pedazos de tiempo, la casa, y yo”. Sufotinsky utiliza al lenguaje para mitigar la vana pretensión de volver a los lugares del pasado, pero hacia adelante, tal es el prodigio y la maquinaria de la memoria. “No puedo encontrar el lugar en el que estamos/Si volviera hoy/Si volviera/en la zona del recuerdo/ después de tanto tiempo de sobrevalorarlo/ como la sombra de un gorrión/ el patio.”
Responso, la última parte del volumen, como su título anuncia, es el canto de una pérdida, a la muerte consumada que desde ahora, en una madurez temprana, aparece como posibilidad. “Y para todos se posa ahora/siempre una sombra junto a una luz”. Ese duelo también redimensiona una no tan lejana adolescencia idílica, porque están Spinetta, la plaza, el porrón y todos los amigos. El tiempo es circular, aunque lo trajinemos inexorablemente en una sola dirección. El otoño, mes en el que todo está vivo y nada acaba por morirse, es un buen lugar que el poeta, en el caso de Sufotinsky, encuentra para la poesía.
