
Yo no sé, no. Recién me contaba Pedro que se habían juntado los pibes de la cuadra con la idea de hacer unas empanadas, y se largaron nomás. Y a la hora del repulgue se preguntaron quién lo hacía. Al final, el otro Pedro de la barra era a quien mejor le salía. El relleno fue consensuado entre todos, así que no había lugar para quejas.
Y Pedro se puso a pensar en la importancia del pulgar, hablando de repulgue; de moverlo con destreza a la hora de hacer la cuarta jugando a la bolita, el pulgar del César en el Imperio Antiguo, que significaba la vida o la muerte, y del pulgar del pueblo como en una consulta no vinculante en la que participabas poniendolo para arriba o para abajo.
Pero en realidad, el que valía posta posta, era el del César, porque decidía si vivías o no.
También el pulgar de alguien del barrio, Cipriano, que sufría como una especie de gigantitis, –si eso puede ser una enfermedad– de una mano tan grande, más que la de Edmundo Rivero, y con unos dedos enormes, inclusive el pulgar. También de Julio, el viejo de Pedro, que tenía un pulgar con mucha fuerza, tanta que cada vez que emparchaba una bicicleta en la calle, con solo apretar una vez quedaba lista y sin pasar por la bicicletería llegaba uno a casa. Y duraba ese arreglo.
También las primeras imágenes más contemporáneas del pulgar para arriba, de los aviadores que venían de Vietnam con el mismo pulgar para arriba de la dictadura de Videla. Esa imagen de Videla subiendo el pulgar lo marcaba para siempre, casi odiando esa postura de la mano.
Ahora que se debate y hay ciertas consultas para ver qué opina el pueblo de ciertas medidas, en definitiva, el pulgar para el futuro del país, para el bienestar de la mayoría, sigue siendo de estos nuevos Césares que rigen y dominan la economía mundial.
Los otros dedos, piensa Pedro, están quietos. Los que forman la V de la victoria. Pero deberíamos moverlos para que no se atrofien porque pronto tenemos que empezar a revertir este proceso de los pulgares de las grandes corporaciones, que cuando ellos lo ponen para arriba es porque el destino nuestro es para abajo. Y hay que mantener el pulgar para el repulgue de las empanadas como forma de mantener lo que se llamó alguna vez soberanía alimentaria, porque a ver si todavía por aplicación cibernética se conforman con un alimento derivado de algún transgénico y te hacen poner el me gusta con los dedos para arriba de cualquiera que aparezca en la pantalla.
Y más ahora que se quieren apoderar de la base de datos de todos los que estamos subidos en el Anses. Aportemos o no, estamos reciclados ahí. Y más allá de los gobiernos de turno, capaz que en un futuro te quieren convencer de usar el pulgar para un me gusta en algo que te están dejando afuera para siempre.
Por suerte, me dice Pedro, el empanadaje –valga la expresión de la empanada que comimos entre todos– salió bueno, con un buen repulgue y preparando los otros dedos haciendo ejercicios casi en forma clandestina para empezar con los pequeños triunfos y de mostrarle la V de «volveremos», la V de la victoria, que signifique haber resistido a este plan de exclusión de pura cepa liberal.
