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El consumo de champán francés pegó un respingo y alcanzó niveles desusados en Brasil. La derecha continental festeja. Los ricos festejan. Se dieron otro gran gusto. La fecha pasará a la historia: miércoles 31 de agosto de 2016, a las 13.30. Ese día se consumó otro golpe de Estado en América latina. Otro más. Y más allá de las diferencias propias de cada país y cada momento histórico y social particular, los golpistas, los conspiradores, son prácticamente los mismos de siempre. Y están al servicio de los mismos intereses de siempre.

La triste, indignante historia del golpe en Brasil merece un nuevo capítulo del libro de Eduardo Galeano Las venas abiertas de América latina. Agazapados detrás de esta mascarada están el imperio y las grandes corporaciones, entre ellas, por solo dar un ejemplo, Chevron, antes conocida como Standard Oil, protagonista de varias obras del autor uruguayo.

Triunfó la infamia, la mentira, la manipulación y la hipocresía. Los corruptos echaron del poder a una presidenta honesta. No pudieron probarle ningún delito. El juicio político fue una farsa, una puesta en escena, una mascarada.

La derecha dirá que “no es un golpe”, porque “se cumplieron con las formalidades constitucionales”. Para poder decir eso se hizo la farsa, para darle algo de letra a la derecha y los medios a su servicio. Pero es falso. Los mecanismos constitucionales fueron amañados, tergiversados, utilizados de manera aviesa, deshonesta, para justificar el golpe de Estado.

Está probado, confesado por los propios golpistas, incluso grabado: la idea era sacar del poder a Dilma Rousseff, evitar ir presos por corrupción y producir la restauración conservadora.

Los errores del gobierno de Dilma nada tienen que ver con esto. El “problema” (lo que no soportaron los poderes fácticos) son los aciertos de su gestión: la inclusión social, la movilidad social ascendente, los subsidios a los más necesitados.

Electa hace 22 meses por más de 54 millones de votos, fue despojada del poder por el voto de 61 senadores, sobre un total de 81 que forman la Cámara alta. La mayoría de los legisladores están siendo investigados por corrupción.

Se avasalló la voluntad popular, las instituciones y la democracia.

El palacio y la calle volvieron a contrastar en forma contundente el día del golpe. Mientras en el Parlamento se consumaba la traición, mientras se mostraba al mundo un espectáculo de indignidad pocas veces visto, en las calles, las brasileñas y los brasileños salieron a defender la democracia, y fueron reprimidos por la policía. La clave del futuro del Brasil estará en la movilización popular. Solo el pueblo y los trabajadores organizados podrán ponerle límite a un gobierno ilegítimo que viene a arrasar con los derechos conseguidos durante 13 años.

“La historia será implacable con el gobierno golpista. Nosotros volveremos para continuar nuestra marcha hacia un Brasil donde el pueblo sea soberano”, señaló Dilma poco después de la votación que consumó la farsa golpista que se urdió durante años.

Los poderes fácticos estaban hartos de las políticas de inclusión social del Partido de los Trabajadores (PT). Conspiraron, tejieron, rosquearon y finalmente armaron una farsa de juicio político para terminar con el ciclo que comenzó hace 13 años, cuando Lula llegó al poder en 2003.

Suspendida desde el 12 de mayo, acusada de emitir tres decretos para alterar el presupuesto con el objetivo de subsidiar un plan agrícola, lo que no constituye un acto de corrupción sino una práctica habitual en los presidentes, el golpe contra Dilma es mucho más que eso.

Significa la reafirmación y profundización de la restauración conservadora en la región en épocas de capitalismo de pillaje. Esto es saquear, destruir, llevarse todo en el menor tiempo posible y como sea. En la Argentina, la restauración conservadora se consumó a través de elecciones, con la utilización sistemática de la mentira y la manipulación a través de los medios concentrados. Ecuador, Bolivia y Venezuela, los tres proyectos progresistas que quedan en pie en la región, soportan fuertes embates de parte de los poderes fácticos.

La idea es borrar el “populismo” de la región. Y que vuelva a ser el patio trasero del imperio.

Toda restauración es el regreso a un “orden”, a una idea de “normalidad” determinada, marcada por una ideología y una visión del mundo.

La ideología se llama neoliberalismo, y el regreso al “orden” significa que los pobres que dejaron de serlo vuelvan a serlo: que regresen, desean los neoliberales, a ese lugar del que nunca debieron salir. Los poderes fácticos, los partidos de derecha y ciertas porciones resentidas de los sectores medios detestan la movilidad social ascendente. La consideran una afrenta. Una ofensa. Un desafío al orden establecido.

Al ciclo del PT no le van a perdonar nunca que haya sacado de la pobreza a más de 40 millones de personas. El gobierno del usurpador Michel Temer viene a “reparar esa afrenta” y lograr, mediante un típico ajuste neoliberal, que vuelvan a ser pobres.

Sesenta millones de razones para echar a Dilma

Se vienen más ajustes en Brasil. Una ola de privatizaciones. Recortes al gasto público que afectarán subsidios y ayudas estatales. El gobierno usurpador ya le puso un límite al gasto público hasta 2037, un gesto mesiánico, casi místico. En materia de seguridad, se bajará la edad de imputabilidad. Y se dictarán leyes que aseguren la precarización y flexibilización laboral. O sea: nada nuevo bajo el sol. Las típicas, viejas y gastadas recetas neoliberales que no sólo destruyen puestos de trabajos sino que arrasan con países enteros y arrasan y relaciones lazos sociales. La idea es que cada vez más riqueza se concentre en cada vez menos manos.

El pillaje significa saqueo de los recursos naturales y el petróleo tiene un papel muy importante en esta trágica farsa brasileña. El imperio y las grandes corporaciones petroleras tienen los ojos puestos en los pozos petroleros de la zona del “presal” (región costera denominada “Cuenca de Santos”) con una producción de más de 60 millones de barriles de crudo. El gobierno entreguista de Temer ya tiene contactos con Chevron para hacer negocios.

El saqueo neoliberal es la única verdad detrás de tanta farsa.

Fuente: El Eslabón

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2 Lectores

  1. adhemarprincipiano

    05/09/2016 en 11:42

    El saqueo neoliberal esta instalado en America, desde los confines de la conquista, sostenido por los gobiernos social/democratas. Cacarear por las falsas democracias es un acto de hipocresia politica.El acto politico es hacer conciencia, que el pueblo vuelva a la calle y con asambleas populares (no populismo)se instaure el anarquismo libertario.

  2. Pablo Bilsky

    06/09/2016 en 14:30

    Gracias por comentar mi hipócrita cacareo. El anarquismo libertario está a la vuelta de la esquina. Hasta que llegue, mientras tanto, todo da lo mismo, parece.

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