Yo no sé, no. ¿Mochila? Mochila era el domingo, cuando la tarde lentamente le daba paso a esa nochecita corta y uno tenía la tarea a media comenzar. Para colmo, esos fines de semana siempre venían con preparar alguna lámina, colorear algún mapa o terminar alguna redacción. Y eso, para Pedro, era una carga de lo más pesada.
Cuando se cumplían dos semanas de no perder, que era como un invicto, ya empezaba a ser una carga porque en cualquier momento nos iban a ganar, le decía Pedro a su compañero de metegol en el club Acindar, donde la dibujaban los dos después de salir del Anastasio Escudero.
En algún momento, los cuadernos, los libros, fueron a parar de la cartera a las manos. Nos hubiesen venido bien las mochilas en la secundaria, pero eran tiempos en que eran sólo para los mochileros. Y además, con saco y corbata o con una camperita de jean, no pegaban mucho. También por aquel entonces los jóvenes se empezaron a cargar a la espalda la historia política y social del país. Pero no era una mochila pesada: aunque recargada, se la llevaba con gusto.
Cuando se empezaron a perder los primeros compañeros, la mochila se empezó a cargar de más compromiso; y, por algún huequito, se nos metió el miedo para quedarse por ahí, conviviendo con toda la carga.
Pasó la dictadura, pasaron los primeros años de democracia y en los noventa, con las modernas mochilas escolares, en el discurso se instaló que había que deshacerse de la pesada mochila del Estado para el desarrollo individual de las personas. Lo cierto es que, a mediados de los 50, al Estado cuando no se lo pudo desguasar se lo empezó a cargar de deudas haciéndolo ineficiente, como le pasó a los ferrocarriles. Pero ahora vivimos otros tiempos y el tiempo se nos va en abrir y descargar, en abrir y cargar con otras historias, las mochilas nuestras. Pero a no descuidarse, dice Pedro, que no te la carguen los que la cargaron siempre pero nunca la cargaron en sus espaldas –las corporaciones, las nuevas oligarquías–, porque si eso ocurre: ¡chau!, entre otras cosas, no veremos a los pibes contentos cargando con fantasía o con compromiso las mochilas escolares que, dicho sea de paso, deberían ser las únicas mochilas que deberían cargar los “únicos privilegiados”; la otra, la gran mochila de la historia, la tenemos que cargar nosotros en el gran colectivo que nos subimos hace tiempo.
Fuente: El Eslabón

